8/04/2010

Consumo e infancia


A paso de Juglar

Consumo e infancia
Martín Corona Alarcón

Para nadie es un secreto que en la actualidad somos consumidores: compramos, vendemos, rentamos nuestra energía y tiempo. En Momo de Michael Ende los hombres grises con un cigarrillo en la boca todo el tiempo destruían el mundo de calmas y lazos amables a cambio de éxito y progreso, esta idea no es nada lejana a nuestra realidad, donde a cambio de la posibilidad de “vivir mejor” pasamos nuestros días a disgusto haciendo cosas que no nos agradan y que, muchas veces, no tienen mayor sentido.

Pero, ¿qué es “vivir mejor”? La calidad de vida se mide en pisos de cemento que sepultan a la tierra que es quien nos da de comer, es tener televisión para absorber directamente cómo debemos comportarnos y vivir y aquello a lo que debemos aspirar, es tener internet que te mantiene conectado todo el tiempo, es tener dinero para comprarle a nuestros hijos aquellas cosas que necesitan y las que no, también.
Pareciera que la calidad de vida en la actualidad es como una vida externa a lo que somos los humanos, alejada de los afectos, del tiempo de calma y de mirarnos a los ojos. La vida contemporánea de las ciudades es tiempo empleado en sustentar un sistema alejado de lo humano. Trabajas hasta diez horas para tener dinero para ir a la plaza y comprar los mismos productos que producen las empresas que te contratan.
Si bien los adultos ya nos tragamos completo el asunto de sostener que lo mejor del mundo es vivir como en Estados Unidos, de tener la música impuesta por los canales de videos y la radio, ¿qué pasa con nuestros hijos?, ¿qué estímulos nutren su imaginación y su formación?
La respuesta es más simple de lo que quisiéramos creer: la televisión, el internet, los videojuegos y una empresa clave para entender la vida contemporánea: Disney. Sea por las películas, las series animadas o de actores, por sus personajes o sus parques, pero han logrado amalgamar lo infantil con Disney de tal manera que todo aquello que compramos y anhelamos para nuestros hijos parece tenerlo “el mágico mundo”.
Alessandro Barico, el escritor italiano, escribió que en los parques de Disney se concentraba todo aquello que durante muchos siglos fue la felicidad para Occidente.
La vida en las cortes, la alegría de un desfile o un carnaval, pero realizado sin alma, sin alegría verdadera, digamos que es el algo que parece alegría, pero no lo es. Así que lo mismo ocurre con las películas, donde pareciera que muestran la fuerza de los cuentos de hadas, la tradición oral de Europa en la pantalla, pero no, porque en su forma almibarada y absurda reducen todo a una historia de amor o a una moralina.
Y luego, en las producciones para televisión y sus canales, Disney va formando generaciones de chicos que ahí aprenden cómo vestirse, cómo hablar y comportarse entre sus compañeros, además de sus valores morales, porque muchos niños pasan muchas más hora frente al televisor que en sus escuelas o con sus familias.

Y en la primera infancia son los estímulos directos lo que forma al individuo para el resto de su vida. En Mataderos, provincia de Buenos Aires, los maestros y compañeros de clase hablaban de un caso extraordinario, un chico que no tenía acento porteño, que no hablaba en “argentino”, no usaba el vos sino tu y, además, hablaba igual que en los dibujitos de la tele. Conocí al chico de acaso 6 años que hablaba perfectamente igual que en cualquier canal para niños diseñado en Estados Unidos con gente de México, Colombia y hasta Argentina, donde todo se habla en el castellano más neutro posible. Y la causa que argumentaban los maestros era que sus padres lo dejaban todo el día viendo televisión.
Si bien Disney propone mucho y abarca demasiado, al grado que existen centros escolares y guarderías con nombres como Pepe Grillo o Wini Po, son nuestros hábitos los responsables de los chicos. Recordemos que antes de que existieran las escuelas de forma tan difundida, la responsabilidad de los chicos era de toda la sociedad, era común que una familia adoptara nuevos hijos. Luego, la responsabilidad de los chicos fue del estado, del gobierno, de las casas hogar y sus escuelas. Y ahora, pareciera que los responsables directos de su formación son unos empresarios multimillonarios que saben de lo difícil que es para un padre pasar tiempo con sus hijos.


* Las fotos son de varios talleres de verano realizados en el mes de julio de 2010 por la compañía Juglaria, Circo y Narración.
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