8/18/2015

De la prensa y las redes

De la prensa y las redes

Martín Corona A.

Fue en 2003, cuando llegué a vivir en otra ciudad y mis esperanzas de trabajar en un periódico muy prestigioso se cayeron de un golpe: “mi contacto ya no trabaja ahí”, dijo la amiga que me ayudaría.
Entonces busqué en todas partes, lo que fuera, mi pareja volvería pronto y sin trabajo ella, ni trabajo yo, pues no había modo.
La presión crecía y en la casa donde me recibieron mis amigos periodistas la cosa estaba cada vez más tensa, un par de semanas está bien pero ya era más que eso. Acepté que me “ayudara” mi amiga y consiguió que me recibiera el director de un periódico, me dieron trabajo como caricaturista con photoshop. Se trataba de hacer sátira política con collages y globitos. Fue una labor divertida, iba al periódico, entregaba y regresaba a casa, que me quedaba a tres calles. Así que todo fluía maravillosamente.
Hasta que comencé a cubrir las giras del gobernador, tenía toda la libertad necesaria de escribir lo que quisiera, total que después editaría el reportero que firmaba, para que saliera en un buen sitio del periódico. A mí me pagaban lo mismo y tampoco tenía muchas ganas de destacar o convertirme en… entonces comencé a escribir reportajes especiales. Mi perfil lumpen, ser como cualquier otro, me permitió platicar con vendedores de pizza, albañiles, huelguistas y hasta vendedores de juguetes sexuales. Recuerdo con mucha alegría esos textos, aquella aventura.
Entonces vinieron las “investigaciones especiales”, los reportajes donde hubo que buscar ambas partes, denunciar situaciones complicadas tanto del gobierno como de algunas empresas y esos reportajes comenzaron a quedarse guardados para publicarse la otra semana, en el fin de semana, para otra ocasión, hay que buscar el momento... Así que cuando se publicaron llegaron un par de amenazas a mi correo. “Nada de qué preocuparse”, me dijo el director del diario, vete de vacaciones un mes. “No te preocupes, te seguiremos depositando”.
En tanto pude ver de lejos aquello: ya estaba en la mesa con jóvenes políticos cuya carrera me pedían apuntalar, la amistad con gente de muchos tipos, las pláticas de café y las cervezas para ganar confianza. Todos sabemos algo que puede incomodar a otros y, a veces, nos conviene decírselo a quienes pueden hacerlo público. El esquema es muy sencillo en realidad.
Y pasó el mes y de nada sirvió aquella distancia. Caí en cuenta del juego: para que exista un periódico hacen falta muchas partes, pero la esencial, la medular no es precisamente la información, ni lo que se dice. Y para que eso ocurra hay muchas partes, una inversión para tener secciones, para mostrar diferentes cosas sin importancia, como una enorme envoltura para un solo regalo. Así que decidí dejar el periodismo, nada valía mi calma, mi tranquilidad y, al menos en mi experiencia, no había nada por hacer, nada qué decir ni qué defender.
Eso pasó hace más de diez años y si bien volví al viejo vicio de escribir en prensa, ya no lo hice más de la misma manera. Alguna historia para chicos, alguna nota especial para promocionar mis eventos o los de mis amigos. Pero nada más.
Y a la luz de todo lo que pasa hoy con la prensa, con la investigación, con el “chayote” y con lo fácil que resulta a un poderoso callar y callarte, con lo que no se ve ni se dice de la prensa, ni de los juegos de creación de realidades me queda claro que mi decisión fue la correcta, al menos para mí.
Hoy todo ha cambiado, no es necesario que el director, editor o dueño de un medio impreso, radiofónico o televisado acepte o no la nota. Con la internet, las redes sociales o los blogs son muchas veces los mismos reporteros quienes habilitan la información hacia toda la gente y eso justamente los pone en un gran riesgo.
Comencé haciendo prensa cultural en Veracruz, hace casi veinte años, por ello aún siento cercanía y estoy convencido de lo complejo de las situaciones, de los muchísimos factores a tomar en cuenta; sin embargo, me parece que saber algo que perjudica al poderoso es delicado, pero hacerlo público o usarlo para los propios fines o de un grupo en busca del poder es mucho más que peligroso.

Tengo claro todo lo dicho por Umberto Eco en su libro “Número Cero”, que curiosamente después de estar en las mesas de novedades de las librerías, ahora con suerte lo hallas escondido entre los libreros. Y la anécdota base del libro es el asesinato de un periodista de investigación que se iba acercando a desenmascarar un hecho histórico esencial para la Italia contemporánea. No puedo dejar de pensar que los reporteros caídos, al igual que el personaje de ficción, se acercaron demasiado a esa información que el 99% de la gente da por sentado que es de cierto modo y, la realidad completa, no toleraría que no fuese así.

7/27/2015

La columna

Arranque de columna semanal


La columna


Ese género maravilloso que de un tiempo a la fecha se convierte en uno de los más leídos. Porque la gente no lee la nota de prensa, en el encabezado cree haber entendido todo y defiende con fe ciega una opinión que cree personal basada en un atisbo, en un brevísimo enunciado.
Cuando ves un post de Facebook o el título de la nota en Twitter te haces una idea. Pero cuando lees algo más “profundo” al respecto y, además, escrito por un nombre famoso, multicitado en redes o con la foto de un escritor no puedes dejar de asomarte un poco.
Y ahí actúa La Columna con toda su fuerza.


Los viejos tiempos

Recuerdo aquella época de la prensa diseñada por cuadratines, de contar las letras y las palabras para que “entrara” en la columna. Sí, tuve esa oportunidad.
Y me acuerdo muy bien que si había algo aburrido en el periódico era la columna de opinión. La foto de un viejo bigotón invariablemente de traje haciendo gesto de pertenecer a una sociedad secreta (como las de Umberto Eco) que con palabras del siglo XIX trataba a toda costa de defender algo que tampoco era nada claro.
Cuando la prensa escrita tenía al periódico como único depositario las columnas de opinión era la cosa más aburrida y poco importante. Sólo las leían los políticos y esos viejos aburridos que pasaban los ojos por todo el periódico gracias a su tiempo libre o al ocio disfrazado de empleo.
La columna cambió. Del  lenguaje críptico (sí, así como la palabra misma) al golpeteo directo, a la queja, al ataque y la demostración. Y en lugar de que sendas autoridades en el tema desarrollen sobre un asunto, es el director del periódico, el editor o un periodista con reputación (buena o mala) quien la escribe.

La calumnia o columna
El género de la columna no es noticioso como tal, sino de opinión. Es decir, no hay noticia sino opinión acerca de una noticia, evento o situación. Por ende una columna es una visión de un gran todo, un enfoque, un modo de ver las cosas.
Lo más importante es que no tiene compromiso alguno con la verdad, no pretende ser verdad pero sí erige una verdad. Nunca nos detenemos a analizarlo, pero el columnista habla del tema como si aquello que dice fuera la verdad única. Y nosotros lo creemos, porque lo está escribiendo, lo estamos leyendo (y leer es bueno desde la Biblia hasta las Sombras de Gray, dicen).
Así que los columnistas de este momento y los de antaño poseen el maravilloso poder de ser como una cámara de la realidad, ellos retratan, destacan y perfilan la parte que desean. Y nosotros “entendemos” mejor la noticia. Claro que este poder es para bien y para mal, en sus manos la posibilidad de extorsionar, de sesgar, denostar u ocultar eventos e información. O la de aclarar, resaltar y hasta llevar al lector hacia un sesgo más humanizado o justo, según sea el caso.
No en balde, en el argot de los viejos la pregunta siempre fue: ¿Escribes columnas o calumnias?


Las nuevas maneras de leer “noticias”
A diferencia de antaño, ahora no es tan simple saltarse las fotos aburridas de los viejos bigotones. En principio porque los bigotes están de moda  y las redes sociales tienen la posibilidad de “viralizar” cualquier contenido, siempre y cuando se le invierta suficiente dinero a dicha publicación. De manera que en tu muro aparecerá primero el que mejor pague sin que importe el contenido o la idea.
Y ahí lo interesante de las columnas, más allá de que sean escritas por tu autor favorito, por un periodista famoso o simplemente traigan una foto atractiva, aparecerán siempre en tu muro de manera muy llamativa.
Y más allá de tus ideas, es una buena manera de perfilar la información que tienes hacia los senderos adecuados. De manera que nunca te preguntarás cosas muy básicas de ciertas noticias, además de sumarte con argumentos razonables a un modo de ver la información, de generar una ideología, de hacer el mundo.

Alguien paga

Más allá de teorías de conspiración, todos sabemos que los periódicos, los grupos, aquellos que ostentan un poco o un mucho de poder, tienen tras de sí una ideología, una manera de enfocar la realidad. Lo que para unos es una ofensa, para otros es una práctica común, aquello que resulta inmoral para unos es la manera de hacerse de recursos para otros.
Y de esta manera se maneja la información del modo más conveniente para una u otra ideología o tendencia. Y un columnista es eso: un ideólogo, él procesa la información, le da un sesgo. No genera noticia, sino que la guía, te lleva hacia cierta manera de comprenderla.


Desgastarse en post

Y como ningún columnista hasta ahora ve la realidad como la miro yo, pues me dedicaré a ahondar en ciertos temas desde mi propia visión. Les prometo que hasta ahora nadie me paga por hacer la columna, de hecho la pongo a disposición de cualquier medio que guste usarla, sea físico o virtual. No le pondré un solo centavo a “viralizarla”, sólo tiempo de reflexión y mucha disciplina para estar aquí todos los lunes. Y quizá de vez en vez alguna que otra foto.

Seguro que no hablaré de temas políticos o económicos que me pongan en riesgo, tampoco predicaré qué es lo mejor del mundo o de cómo nos salvaremos a nosotros y nuestros hijos.  Pero les prometo que compartiré una visión que tiene detrás muchas lecturas, mucho camino recorrido y, sobre todo, la honestidad de un juglar contemporáneo medio cínico, medio amoroso y que está comprometido con crear nuevas vías, diversas maneras de hacer mundos más amables.

4/10/2015

Libertad adolescente

Mario Bros 3
Una y otra vez
Aprendido hasta la saciedad: un mapa y sus mundos,
los mundos definidos estructurados, con secretos absurdos, siempre tras las monedas para poder seguir, tras las monedas para poder vivir.
Y lograr el objetivo mundo tras mundo después, haber lidiado con los peligrosos peces, el desierto, las plantas, el hielo, haber sido mapache, lanzador de fuego, esquimal, rana...
Vidas ocultas, trucos para evitar los laberintos, una y otra vez el mismo camino. Si lo terminas tres veces la versión oriental llena de power infinito tus reservas de bonus.
Y dejé, toda la secundaria, los gritos de los maestros, las burlas de mis compañeros y a aquella chica que me enviaba cartitas de amor en pedazos de libreta Scribe.
Aprendí tanto sobre cómo romper las reglas, acerca de las 4 únicas maneras de salir de la secundaria sin ser visto:
Por la parte de atrás, saltando la maya ciclónica, rompiendo los pantalones del uniforme.
Por un costado, pero era una trampa, pues escapabas a una cárcel aún más terrible: la primaria. Y de esa no hay salida posible.
Rompiendo un muro, quebrando los ladrillos con ayuda de las piedras enormes a la hora del homenaje a la bandera, cuando nadie podía escuchar el retumbar de la voluntad de un adolescente sobre el muro social del deber ser.
Y, la hazaña máxima, luego de 10 o 20 veces que mamá y papá fueron citados, luego que todos los maestros, directivos, administrativos, prefectos y afanadores tuvieran claro que yo era el que siempre se salía, pero nunca reprobaba, por la parte de enfrente.
Mientras alguien volteaba, cuando alguien ingresaba o en las narices del sub director, agachándome bajo su ventana.
Y salir a la libertad, salir a conquistar el mundo. Pero antes, conseguir algunas monedas para poder pasar horas y horas jugando Mario Bros 3.

4/02/2015

El peligro de los libros infantiles

El peligro de los libros infantiles
La moda de las últimas décadas es pensar que toda lectura es mejor que lo dicho, que lo visto en tele e incluso mejor que lo posteado en estos muros. Nada más absurdo y tonto, hemos llegado al punto de creer que todo libro es bueno sólo por serlo.
Los libros son vehículos de ideologías, hay libros fascistas, libros destructivos y otros sumamente propositivos y positivos.
Nadie se pregunta quién y por qué se edita tal o cual título. Y me temo que a menudo ni siquiera los autores e ilustradores somos conscientes de la importancia que tiene poner: ideas, sueños, estructuras y mundo, en los cachorros de la especie. Escucho con cierto horror a escritores que dicen: "sólo quiero contar una historia", pues si es esa su finalidad última que lo hagan en la tele o en espectáculos de narración oral, seguro llegan a más personas.
Cada momento histórico ensalza y rechaza valores e ideas, sin duda el libro infantil permite ver con cierta facilidad el diseño ideológico (consciente o no) de esta cultura.
Celebro que existan libros
Celebro que Andersen escribiera piezas maravillosas (algunas sin vigencia y que sostienen valores que hoy son vicios anacrónicos)
Celebro también que seamos cada vez más conscientes de aquellas ideas, estructuras y pensamientos que ponemos en la mente de nuestros niños.

3/15/2015

¿Vivir o escribir?

Si escribes, para hacerlo bien, para consolidar una voz maestra o tener pleno manejo de estructuras, maneras y formas la única manera de lograrlo es haciéndolo una y otra vez. Me parecen tan absurdos quienes creen que "ya escribieron", ya dieron su obra a la humanidad", porque la única maestría en cualquier quehacer se logra con base en horas y horas de labor. Se habla de grande escritores que dieron al mundo un par de libros de su autoría, justo es ese el punto: "de su autoría". Fueron y son grandes traductores, geniales editores o, al menos, lectores voraces de la literatura que conforma su tradición.
El punto ahora, para mí es ¿si dedico mis escasos tiempos "libres" a leer más cuentos, a jugar con mi hija, a "disfrutar de mi familia" o me encierro sin internet a darle al mundo un cuento, un poemario, una novela, un libro de crónicas, ensayos... O atiendo la invitación de un amigo o amiga para ir a contarle cuentos a 5o, 100 o 500 chicos?
Amo escribir tanto como contar en vivo, sólo hay una pequeñísima diferencia en los procesos. Contar historias es estar en ese momento creando en la gente un imaginario nuevo, ante mínimo 10, máximo dos o tres mil (con la tecnología adecuada: micrófonos, pantallas, cámaras), en cambio escribir un libro es un acto solitario, al cual vuelves una y otra vez hasta que tienes el texto terminado. Después de eso viene el editor, los meses de espera, la posibilidad y la mucha imposibilidad de que ese texto esté impreso en 500 a mil ejemplares, con mucha suerte unos 3 mil.
Y de esos ejemplares sólo una parte pequeñísima será vendida, de la cual una parte minúscula será leída. Entonces, ¿cuál es el sentido de la escritura en la sociedad moderna?
Por ahora, voy y vengo por mundos compartiéndolos en escena, haciendo reír y pensar a la gente, a niños y adultos por igual. Y deseo con todo mi ser escribir en el aire, en la red (como ahora mismo) y en los libros. Pese a que a ninguna editorial le interesa un escritor nuevo, de rasgos indígenas, con ideas diversas yo seguiré escribiendo, pero no para ellos, no para los señores del dinero editorial, sino para ti que ahora mismo me lees.


1/24/2015

dicotómicas


Aprendimos a mirar tanto bajo el sol, que re inventamos la luz como nuestra aliada suponiendo en la noche al enemigo. Absurdos y tontos animales que mueren más bajo la luz que en la sombras, estúpida su costumbre de pensar de forma dicotómica, oponiendo todo incluso para concebirse a sí mismos.
Y compramos la idea de que bajo la luz todo y en la sombra nada, sin intuir siquiera la verdad: sin sueño el hombre sería menos que cualquier bacteria unicelular, sin la oscuridad nada, sin la luz nada, entreambas lo que cree su realidad, su única verdad: nunca ha entendido el límite entre el sueño y la vigilia, preocupado por mirar no ve, preocupado por comer ni se alimenta, preocupado por sobrevivir no vive, no se habita a sí mismo.


12/23/2014

costumbres

Navidad nos demuestra cuán animales de costumbres somos.
Hagas lo que hagas, planees lo que planees invariablemente terminarás haciendo lo mismo, tolerando lo mismo, quejándote de lo mismo casi con la misma gente que año tras año.
No sé si vivimos con base en nuestras costumbres o vivir es una de esas costumbres sin reflexión alguna que cargamos porque nos dijo nuestra mamá desde pequeños, porque vimos en la tele o aprendimos repitiendo en la escuela.

12/20/2014

La Huasteca tiene mucho por enseñarnos

Hacía tanto que no estaba en un ritual tradicional Huasteco que la emoción de pronto se volvió alguna que otra lagrima. Llegamos a Chiconamel un poco cansados, desconcertados por el mal estado de la carretera pero expectantes. La gira se había pospuesto y las cosas parecían liadas, pero llegamos al medio día. Preguntamos en la presidencia municipal por el director de la Casa de Cultura y nos enviaron dos calles arriba, una manta al final de unos escalones dejaban claro que ahí era.
Entramos a un patio hermoso con un naranjo cargado de frutos y exposición de bordados, cerámica, máscaras y un presídium rodeado de pinturas y símbolos que en ese momento no entendí.
La Huasteca es mágica y extraña, de las regiones que más tardaron en ser evangelizadas y aún conservan el idioma náhuatl en la mayoría de su población.
Nos advirtieron con amabilidad que harían un ritual antes del evento, que nos darían la bienvenida con collar de flores y nos contarían acerca de la comunidad.

A las cinco de la tarde comenzamos, listos con el vestuario encima y casi dispuestos a arrancar nos dimos cuenta que nos faltaba un cable y la música era casi imposible. Decidimos que arrancara el ritual en lo que se nos ocurría algo para musicalizar los malabares.

Uno a uno fuimos recibiendo una bienvenida de mano, con collar de flor de cempasúchil y la Invitación a hacer una cruz en el suelo con Coca-Cola de una copita.
Sahumarnos una y otra vez fue el siguiente paso. Mientras una maestra nos contaba la historia de Chiconamel, entre la leyenda y los datos comprobables. Lugar de siete nacimientos de agua, formado por 7 barrios donde se puso una de las tres primeras iglesias de la región. Y ahí la leyenda de Acaxóchitl, flor de carrizos, en la que fue cautivada primero por el sonido de la campaña y, después, por la relación con el cura. Hasta que murió y fue bautizada como María de la Asunción, de ahí que sea la patrona del pueblo.
Después de agradecer todo el ritual y recibimiento dimos función. Nos salvó la vida el cd de una banda de conocí en FILIJ, pareció que lleváramos mucho tiempo trabajando con esa música: la Brass Street Boys.
Luego vino la cena, mataron un par de gallinas a nuestra salud y disfrutamos de el adobo y el arroz, agua de limón y refrescos.
Dormimos en aquella Casa de Cultura, con los rituales y rezos alrededor, con una forma diferente y nueva de ver la realidad. Salimos tempranito con la incesante lluvia de diciembre que nutre la segunda siembra de maíz del año.
Camino a Platón Sánchez hablamos tanto. Paola impactada de cómo la coca cola suplantó la bebidas ceremoniales, Roberto feliz de las cuatro vasijas para agua que nos regalaron, Alethia impactada por los rezos y el sahumerio que molestó a Devika en el ritual de bienvenida y yo...
Yo recordé los rituales que hacíamos con José Pérez Alférez y su proyecto de recuperar los saberes prehispánicos, lo americano original.
El camino nos tiene en Platón Sánchez después de unas deliciosas enchiladas huastecas, listos, puestos y dispuestos.

9/27/2014

La última lágrima de Stefano Benni

Si te acercas a este texto pensando que hablaré del libro o el autor, 
que haré una semblanza que te sirva para la clase o para tu tesis. 
Atrás aventurado internauta, desiste de tu empeño. 
Narraré una serie de eventos afortunados que me hacen hoy 
tener en las manos un ejemplar nuevo de este libro 
en su versión al castellano aquí en México y concluiré 
haciendo pública una promesa personal. 
Si aún así, decides adentrarte a los devrayes ególatras 
de este cuentero, pasa sin tocar.


La noticia de una traducción al castellano de los nuevos cuentos de Benni me llegó a Facebook junto con un adelanto del primer cuento: Papá en televisión. Como siempre quedé fascinado por la rapidez y locura de esa narrativa. Así que me dispuse a buscar el libro. Primero en librerías, pregunté en algunas, busqué vía internet en otras y todas coincidían en lo mismo: “tenemos otros títulos de la colección, pero ese no nos llegó”. O alguna variante estilo: “me aparece en el sistema, pero no hay físicamente en ninguna de nuestras sucursales”. Y así la búsqueda en librerías mexicanas, de mi región, de otras y el consabido consejo de los amigos: “cómpralo por internet, en amazon o en… esta, ¿cómo se llama?” Y cuando les preguntaba si alguien había comprado libros por alguna de esas páginas la respuesta siempre fue la misma: “no, pero dicen que…”
Y entonces vino un viaje a Argentina. Calle Corrientes con sus largas calles repletas de tiendas de libros, con su oferta gigante de alteros de libros baratísimo, otro en descuento, otro más de libro usado a precios razonables y las enormes librerías nuevas con ese aire europeo que le vuelan la cabeza a propios y extraños. Busqué y busqué nada, ni en los nuevos, ni en los usados, ni mucho menos en los saldos hubo nada. Eso sí aproveché para conseguir algunos título de César Aira en Beatriz Viterbo, compré alguna que otra rareza como La historia de una Vaca o la leyenda de un luchador argentino narrada por su nieto. Muchas historias delirantes y divertidas. Pero del corrosivo humor de Benni, nada.
Pasamos prácticamente un día recorriendo Corrientes y sus alrededores, comimos ñoquis con salsa, supremas, milanesas y ensaladas de dos rebanadas de tomate, dos hojas de rúcula y algo de lechuga, bebimos el único café que se parece al de México allá, el de esas cadenas mundiales que en cualquier sitio hacen que sientas un poquitín menos de nostalgia y  cuando todo comenzaba a cerrar, cuando los letreros del metro encendieron, mis acompañantes agotaron su paciencia ante el dolor de pies y el frío calahuesos del agosto bonaerense.
“Sólo un par de librerías más, sólo esta calle y ya volvemos”. Las chicas desistieron y se quedaron sentadas en alguna cafetería, tomando un expreso en jarrito con su dosis de agua mineral. Yo no entendía por qué la literatura me hacía esta mala pasada. Buscar La última lágrima en México, en Argentina y no hallarla. Las últimas horas pensé, creí que los muchachos de Lengua de Trapo habían colocado el nombre sólo por no dejar, que habían hecho un tiraje de 10 ejemplares para decir que el libro salió y que procedieron a su trituración inmediatamente después de la rueda de prensa y presentación del ejemplar. Estaba muy molesto.
La última librería era más como un bazar, con viejísimos ejemplares de Losada, Austral y primeras ediciones de sellos bastante extraños. Creí todo perdido cuando le pregunté al dueño, ni siquiera me respondió, alzó la mirada de la pequeña pantalla que miraba mientras chupaba su pucho una y otra vez. El gordo no me entendió o, como muchos vendedores, hizo que no me escuchaba ante mi facha de  migrante boliviano o paraguayo.
Volvía con los hombros caídos y molesto, muy molesto, cuando mi acompañante me dijo: “mira, acá hay unos libros en italiano”. 
Voltee y lo vi. Ahí estaba en la edición económica de Feltrinelli: “L´Ultima Lacrima”. Abrí el libro para constatar que iniciara el cuento que conocía, descubrí que algunas cosas en italiano comprendía (benditos semestres que repetí en la universidad por amenazar al hijo del profe de latín). Y luego, chequé cómo estaba subrayado, tenía marcas de haber sido usado para alguna clase de traducción, palabras con su correspondiente en castellano-argentino, marcas sólo en un relato. No lo pensé y lo compré. El precio fue bajísimo pero levantó mi ánimo, si no podía tener la traducción, la haría yo mismo.
Regresé a casa de nuestra anfitriona con el ánimo contrariado. Hallé el libro, existía el original, lo tenía en las manos, pero no en castellano. El esfuerzo sería grande y había que comenzar ya mismo.
Tomada del sitio oficial del autor
https://www.facebook.com/LupoBenni

Trate de entender cada cuento, pero entre el cansancio, el frío y toda la gira de cuenta cuentos que se avecinaba me venció el cansancio y lo dejé para la vuelta a México. Así pasaron los días, entre escuelas, bibliotecas, viajes al sur y al norte de aquel enorme país. Una semana antes de volver, mientras esperaba que nuestra anfitriona terminara de dictar su taller de Narración Oral en la biblioteca de Morón salí a checar las librerías cercanas, una de descuentos que ya me había aprendido de memoria y otra, en la cual se juntan libros nuevos con usados. Busqué cómo siempre en los apellidos de los autores que me interesan y, simplemente, ahí estaba.
Mojado, casi desprendidas algunas páginas, con restos de moho, algo apestoso y con el lomo hinchado y torcido. Era el libro que había buscado por tantas librerías, en los anaqueles de segunda mano. Lo tomé con incredulidad y no lo solté, no lo solté para nada hasta que llegué a pagarlo en caja. Fue baratísimo.
Corrí a contarle a mis compañeros. Con la emoción creyeron que nuevamente la gendarmería me había pedido mis documentos, la pinta de indio americano en Argentina es casi un delito. Pero no, lo vieron con cierta incredulidad, ¿cómo lo conseguiste? Preguntaron y me deleité volviendo a contar esta historia.
Fue el mismo viaje en que me tomé al escritor César Aira en Plaza Rivadavia, dos días antes de que volara a México. El viaje que me llevó a recorrer mucho del país, un viaje maravilloso sin duda.
Un par de años más tarde me encontré ese mismo libro en México, en la Librería Rosario Casellanos. Estuve a punto de comprarlo, pero era carísimo. Desistí a cambio de algunos álbumes ilustrado y alguna que otra cosa.
La obra de Stefano Benni no llega a México, los ejemplares que te toparás son de La cofradía de los Celestinos en Ciruela, últimamente su versión narrada para chicos del Cyrano y ya. Las novelas que editó Norma en Colombia aparecieron y se esfumaron de las librerías. Quizá Terra en alguna edición antigua, pero no más. Sus cuentos de El Bar en Fondo del Mar llegaron en la colección de Seis Barral baratísimos, se vendieron y desaparecieron para siempre.
Y lo entiendo, es un escritor irónico, duro, pasa de ser cómico a hacer retratos durísimos que ofenden a la ideología mexicana o, simplemente, caen en ese tipo de confesiones que la idea latinoamericana del mundo hace como que no pasan. Su manera de mostrar una sociedad estratificada y estúpida no le viene bien al lector común. Alguna vez, cuando trabajaba en librería, compartí mi gusto por Benni con críticos literarios, cuenta cuentos, otros escritores y su respuesta fue siempre la misma: “no entro, no me gusta”.
Quizá no estamos acostumbrados a leer cosas que nos inquietan en verdad. Lo cierto es que lo conocí por Caterina Camastra, gran amiga y gran lectora. Ella vino muy joven a México, a estudiar, a conocer y se enamoró para siempre de este país.
Ante tal ausencia de libros de Benni, una tarde compré un ejemplar de La última lágrima en Mercado Libre. Llegó muy bien, casi nuevo el ejemplar y… vaya sorpresa. Era el mismo ejemplar que había estado expuesto en la Rosario Castellanos.
Lo sé porque conserva la misma etiqueta que había visto con el precio un par de años antes. Lo sé porque en mis frecuentes visitas a librerías busco siempre a mis autores favoritos y no lo vi antes por ningún lado. Así que tengo dos ejemplares y ahora busco otro ejemplar de mi deshojado “El bar en el fondo del mar”.


Y para cerrar deberé decir que no hay cariño sin correspondencia ni viceversa y aunque no hablo ni escribo el italiano, sé que Benni me ha respondido algún que otro comentario por Facebook y aunque sus editores o quizá el mismo se escandalice cuando lea esto, haré un espectáculo para jóvenes y adultos con sus cuentos. Algunos de ellos ya los contaba para niños antes y, ahora, llevaré  estos delirios, esta visión diversa y contestataria de un mundo unívoco y absurdo a los oídos de muchas personas que aún no saben el gusto que tendrán por una literatura diversa y nada insípida.