9/27/2012

lloro por mi ciudad

Cada día me salgo más del quicio, es que sí, me sacan de quicio más cosas.
La más importante es no hallar el modo de comenzar a escribir un texto largo con pretexto de novela. Qué ganas de hablar de un grupo enorme de burócratas que inventaron una ciudad para que el estado les destinara recursos y así poder emplearse y hacer creer a la gente que viven en una ciudad, cuando sólo es un aparato absurdo que les permite vivir en la burocracia, sin producir, sin crear, sin proponer.
Hace unos días se me salieron las lágrimas, lloré carajo, no me pude contener al ver los anaqueles vacíos, vacía la librería más grande de mi ciudad. Algunos libros feos, empolvados, tristes esperaban con un precio bajo a que alguien se los llevara casi por compasión. El enorme espacio que fuera la sección de infantil, donde grabé varias secciones de recomendaciones para televisión simplemente desapareció. Y la otra gran librería a remate del 40 al 60 % en sus últimas existencias. Se acabaron, cerraron, vendieron, se agotaron las dos grandes librerías de mi ciudad.
Me enfurecí primero, luego lloré.
Nací en una de las ciudades con más traición cultural del país, nací en una ciudad donde ir al centro era sinónimo de poder estar en más 5 librerías de buena calidad, surtidas, con ventas medias para ser de provincia, que por lo menos se sostenían. Bueno, exagero, no era así cuando nací, pero sí cuando crecí, cuando hice la universidad y cuando me creía joven promesa de la literatura de ranchotitlán.
Era una ciudad con gente que consumía libros, que sostenían a librerías grandes, dotadas de buenas colecciones literarias, donde llegaban buenas novedades, donde podías conseguir títulos singulares, autores, pero al parecer eso terminó. En mi ciudad no hay ahora un Sótano ni una Gandhi, quizá esas grandes empresas son las que compraron estas pequeñas librerías para seguir con sus grandes empresas, suena bien como consumidor, tener a la mano una librería con gran catálogo, pero no creo que sea tan bueno a nivel local, porque se fueron a la quiebra los negocios de antaño. En fin que las cosas cambian y mucho.
Mi ciudad tan temerosa, tan llena de policías por todos lados, tan como siempre saturada de viejas glorias, tan burocratizada hasta la médula, tan cultural y a la vez tan poco creativa. Desde que me formé, desde que mis amigos y maestros me ofrecieron con cariño lo que tuvieron para apoyarme quise salir de ahí. Y sigo yéndome todo el tiempo, siego fuera y dentro. Fuera porque trabajo en otros sitios donde sí pagan y donde no hay que martirizar a tus amigos para tener público. Dentro, porque amo a mi ciudad, porque lloro al ver cómo se vacían los estantes de libros, porque me enfurezco cuando invierten millones en un festival que sólo valida la cultura de occidente y los foros son para una veintena de personas y terminan justificándolo todo con un concierto pop, una lectura de un actor famoso, más de lo mismo. Encima, sin proponer nada de lo local, sin usar esa plataforma y los reflectores para potenciar la creación local, para que lo hecho en mi ciudad realmente alterne con lo que occidente tiene en gran estima. En cambio, serviles fanáticos abrimos las puertas a que vengan y hablen y digan y entonces todo el mundo diga que vinieron, hablaron, dijeron aquí y ya. Lo que antes fue un foro, un espacio para mostrar cómo se hace y que se hacen cosas, ahora es un viejo recuerdo, un nombre hueco que sirve para que vengan a ponerse ahí tendencias, modas y estructuras exteriores, para gusto de una minoría soberbia y desvinculada con la gente.
Mi ciudad es sin duda la posibilidad latente, existimos muchos trabajadores al margen de los presupuestos, de las figuras del arte, de las galerías y los teatro. Somos cada vez más quienes día a día hacemos lo que nos gusta y nos gusta compartirlo, probamos y hallamos modos de lograr productos que gustan a la gente y generan una demanda.
La vieja idea del arte, bajo el mecenazgo del estado protector se acaba con rapidez.
Por ello, no los que ya se consideran artistas, sino los nuevos creativos, tenemos la obligación de volver a la esencia del artista: crear ideas, generar vehículos para que lleguen a la gente y se creen nuevas y diversas formas de mundos, porque el mundo que impuso Occidente hace unos siglos y el mundo que vende EU tienen ya un rato oliendo a podrido.
Así que a trabajar, ahora viene el fin del mundo y tenemos la obligación de recibirlo con cientos de propuestas.
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