4/04/2007

Simulación


¿Es que uno es un simulador, es que es mejor callar?
Les cuento, hace poquísimo resultó que aquello que dentro de mi caja del pecho se ha llamado honestidad, verdad, es ser bocón y es un asunto meramente negativo; mientras que el fingimiento, entendido como simulación, termina por ser el objeto deseado, la posibilidad de todas las puertas abiertas.
Ejemplo: ayer mismo, mientras hacía un par de llamadas me di cuenta de mi tono "amablemente sumizo" al solicitar una colaboración para una revista. Luego, cuando estaba entre los compañeros noté mi tono de cierto cinismo directo cuando hablaba. Entonces mis compañeros se desconciertan de que les "oredene" qué hacer, pero ese es mi trabajo; sin embargo, no acabo de entender el porqué tomarse todas las confianzas con gente que apenas conoces y quizá ni concoerás sólo porque ambos tienen, por ejemplo, una secretaria. En cambio, si uno es demasiado amable al pedir algo, generalmente ese algo no pasa, no ocurre...
En fin, entre restos dilemas vino a salir el siguiente: uno, a lo largo del tiempo se va llenando la cabeza de información, de cosas, de risas, de gente, de besos, de caricias y el día menos pensado ves (por ejemplo) un beso en una mejilla. Sonríes cómplice a la mirada que posee el beso.
Entonces el beso comienza a bailotear de un lado a otro, va por las mejillas de su dueña que se vuelven rojizas (a veces pese al rojo oscuro de su piel), luego pasa por los labios que se convierten en un botón rojo de rosa y al final se queda bailoteando en la nariz como si quisiera aventarse a dar un clavado hacia mí...
Luego,
¿uno qué hace ante ese beso?
Lo de menos es pasar de largo, seguir jugando el juego de la simulación, el aquí no está pasando nada.
Quizá baste pensar en tanto beso ausente, mudo o inacabado que se ha quedado en el camino... entonces se prefiere dejar el asunto así, como un posible clavado de beso.
Pero si uno decide aventurarse, jugar de pronto resulta que sí, claro el beso quiere irse, pero no los labios, pero no el abrazo, pero no la mano para caminar a la par, entonces uno puede hacer de ese beso el recurdo amable más incansablemente nostálgico, pero al final el asunto redunda en que vendrá otro beso y así hasta la saciedad (esa que nunca acaba de ocurrir, como Mealina y su SED NON SATIATA).
Bueno, me quedo aquí, entre la imagen de una carnicería y un coqueteo de chicharrón, porque el carnicero, a modo de galanteo ha regalado a la clienta un chicharrón dominical que hace un deleite.
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