4/12/2010

Juego absurdo


Cuando la mujer que amé leyó mis viejos cuentos se deprimió. "No fueron tus cuentos, son mis cosas; no paré de llorar toda la tarde".
Ahora quiero escribirle cuentos alegres, cuentos para que no llore más. Aunque ya no la amo, no me gusta que se sienta triste.
Como tampoco me gusta que la abuela se eche a llorar recordando a los que ya no están.
Ni me siento bien cuando Nicolás pasa las tres primeras horas del sábado entre el llanto por dejar a su mamá y su emoción por las locuras que haremos juntos el fin de semana.
Debo confesarte (a ti, quien lee) que durante mucho tiempo sólo escribí con tinta negra, sobre fondo blancos, pautados con rayas azules. Llenaba los espacios con quejas y dolores, con achaques, con mi bilis y mis resacas.
Ahora no, ahora quiero (a tú, que pones aquí tus ojos) morderte el dedo chiquito del pie para que -de la risa- sueltes una patada que yo apenas logre esquivar, pero finja un dolor tremendo y te rías de lo imbécil de este juego.
Entonces, con un poquito de cariño, te diré:
"todo el mundo es como este juego bobo, parece que pelean, que luchan, que hacen cosas importantes, fingen dolor y placer, fingen que están bien o mal, que ganan o pierden. Pero al final, solo es un juego absurdo".
En serio.
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