11/04/2013

¿Cuánto y cuánto más arranca con una gota de sangre derramada?

La violencia desmedida en los últimos años se ha convertido en el escenario cotidiano de México. No entendemos bien a bien en qué momento comenzó, ni de qué forma las calles, las carreteras, los negocios y a menudo nuestros barrios se llenaron de uniformados diversos, encapuchados o simplemente tipos grandes y rudos portando armas largas. No puedo hablar de sus rostros, porque si van al descubierto es imposible sostener la mirada, el cuerpo entero se estremece y uno elige mirar a otro lado.
Porque las pistolas, metralletas, fusiles y demás tienen una única función. Las armas únicamente sirven para matar, para acabar con la vida de otro. No sirven para cuidar, ni salvaguardar, no sirven para otra cosa más que para disparar y cada bala, cada disparo está diseñado para lastimar a un ser viviente y, de preferencia, acabar con él.
Sin embargo, el negocio de la muerte y las armas no es sólo para quien las elabora y vende, las compra, las usa o echa mano de ellas para amedrentar a otros. El negocio de las armas va más allá, porque su existencia genera violencia y con ella una forma de vivir, un imaginario completo y un mundo nuevo, con sus estructuras y maneras.

La primera vez que vi a centenares de uniformados con armas largas apuntando hacia la gente fue en Xalapa, una tranquila ciudad de provincia, habrá sido por 2006 cuando se soltó el rumor de que habría una golpiza pública contra los “Darks”. Nunca había visto uno de esos, pero circularon incitaciones para todos los chicos de secundaria y preparatoria por internet, celulares y mediante pequeñas fotocopias que nadie sabía bien a bien quién repartía ni de dónde venían.
El viernes por la tarde, todo el parque central estaba rodeado de camionetas de policías con armas largas que apuntaban a cualquier persona que se acercara.
Al mismo tiempo, en pueblos cercanos detuvieron a varios chicos.

Y así comenzó, como una broma, como una supuesta golpiza de imaginarios grupos de jóvenes. Y luego no fue más que cotidiano ver armas largas en manos de gente encapuchada, escuchar tronidos por acá o por allá, saber que algún ex compañero de escuela desapareció, escuchar rumores y ver camionetas, tanques y demás como parte del paisaje de una ciudad.

Llevábamos años y años de ver en la mayor parte de las películas pistolas y armas, de mirar en la televisión armas para darle fuerza a las escenas. Guerras donde la supuesta supremacía dependía por entero de las armas, fue una campaña enorme para hacer de las armas un objeto cotidiano, no sólo para soldados y gente violenta, sino para que los niños jugaran con ellas, las pidieran en navidad y cosas como el gotcha se vendieran como diversión en pleno.
Ahora nadie se detiene ni un segundo a reflexionar acerca de la violencia y las armas, al prender la tele aparecen imágenes de asesinatos, de gente armada; en el internet; en los video juegos y en nuestra vida cotidiana. Más cerca aún, centenares de escuelas públicas mexicanas reciben con beneplácito a diario camionetas con hombres uniformados y armados. Así, diariamente nuestros hijos (niños y jóvenes) se relacionan con esos objetos, con esos sujetos y con esas acciones que, por ahora, se omiten.

Supe que mi compañera estaba embarazada en un retén de la marina. Cuando entrábamos a un pueblo y nos detuvieron encapuchados, fue justo en el momento en que uno de ellos le apuntó cuando pude mirar cómo su cuerpo se enconchaba en el asiento, cómo protegía su vientre. Al día siguiente una prueba casera nos lo comprobó, pero yo lo sabía, su cuerpo lo develó.

Más que el cómo llegamos a esto, mi preocupación es ¿por qué? No sé exactamente quién gana de la política del miedo, de la producción sistemática de violencia. Sé que hay un auge enorme de libros que hablan de eso, sé que la mayor parte de la televisión y el cine que se producen usa las armas y la violencia como eje, tema o, al menos, paisaje. Sé que yo mismo me enfrento al problema de escribir sobre violencia y, con ello, seguir alimentando esa idea.
Y  ni mencionar noticias, rumores, charlas de café o de mesa donde el tema es a quién secuestraron, cómo iban los encapuchados o de qué tamaño eran las armas.

La industria del miedo y la violencia es la más mainstream, la más globalizada o, quizá el vehículo de la ideología imperante. Por supuesto, somos actores inconscientes de este mundo. Desde hace años las ideologías imperantes llenan nuestra realidad cotidiana sin que nosotros podamos hacer nada más que encender la tele, emplearnos en algún sitio a cambio del dinero necesario para descansar mirando la tele. Y absorber pasivamente lo que emulamos en nuestros días.

Aldo Peralta

La violencia que, sin darnos cuenta, permitimos en el pasado es la muerte que lloramos hoy y, si no nos detenemos un poco, será la forma del mundo futuro, que permitimos con nuestros actos inconscientes de imitación y nuestros enormes silencios.
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