9/27/2014

La última lágrima de Stefano Benni

Si te acercas a este texto pensando que hablaré del libro o el autor, 
que haré una semblanza que te sirva para la clase o para tu tesis. 
Atrás aventurado internauta, desiste de tu empeño. 
Narraré una serie de eventos afortunados que me hacen hoy 
tener en las manos un ejemplar nuevo de este libro 
en su versión al castellano aquí en México y concluiré 
haciendo pública una promesa personal. 
Si aún así, decides adentrarte a los devrayes ególatras 
de este cuentero, pasa sin tocar.


La noticia de una traducción al castellano de los nuevos cuentos de Benni me llegó a Facebook junto con un adelanto del primer cuento: Papá en televisión. Como siempre quedé fascinado por la rapidez y locura de esa narrativa. Así que me dispuse a buscar el libro. Primero en librerías, pregunté en algunas, busqué vía internet en otras y todas coincidían en lo mismo: “tenemos otros títulos de la colección, pero ese no nos llegó”. O alguna variante estilo: “me aparece en el sistema, pero no hay físicamente en ninguna de nuestras sucursales”. Y así la búsqueda en librerías mexicanas, de mi región, de otras y el consabido consejo de los amigos: “cómpralo por internet, en amazon o en… esta, ¿cómo se llama?” Y cuando les preguntaba si alguien había comprado libros por alguna de esas páginas la respuesta siempre fue la misma: “no, pero dicen que…”
Y entonces vino un viaje a Argentina. Calle Corrientes con sus largas calles repletas de tiendas de libros, con su oferta gigante de alteros de libros baratísimo, otro en descuento, otro más de libro usado a precios razonables y las enormes librerías nuevas con ese aire europeo que le vuelan la cabeza a propios y extraños. Busqué y busqué nada, ni en los nuevos, ni en los usados, ni mucho menos en los saldos hubo nada. Eso sí aproveché para conseguir algunos título de César Aira en Beatriz Viterbo, compré alguna que otra rareza como La historia de una Vaca o la leyenda de un luchador argentino narrada por su nieto. Muchas historias delirantes y divertidas. Pero del corrosivo humor de Benni, nada.
Pasamos prácticamente un día recorriendo Corrientes y sus alrededores, comimos ñoquis con salsa, supremas, milanesas y ensaladas de dos rebanadas de tomate, dos hojas de rúcula y algo de lechuga, bebimos el único café que se parece al de México allá, el de esas cadenas mundiales que en cualquier sitio hacen que sientas un poquitín menos de nostalgia y  cuando todo comenzaba a cerrar, cuando los letreros del metro encendieron, mis acompañantes agotaron su paciencia ante el dolor de pies y el frío calahuesos del agosto bonaerense.
“Sólo un par de librerías más, sólo esta calle y ya volvemos”. Las chicas desistieron y se quedaron sentadas en alguna cafetería, tomando un expreso en jarrito con su dosis de agua mineral. Yo no entendía por qué la literatura me hacía esta mala pasada. Buscar La última lágrima en México, en Argentina y no hallarla. Las últimas horas pensé, creí que los muchachos de Lengua de Trapo habían colocado el nombre sólo por no dejar, que habían hecho un tiraje de 10 ejemplares para decir que el libro salió y que procedieron a su trituración inmediatamente después de la rueda de prensa y presentación del ejemplar. Estaba muy molesto.
La última librería era más como un bazar, con viejísimos ejemplares de Losada, Austral y primeras ediciones de sellos bastante extraños. Creí todo perdido cuando le pregunté al dueño, ni siquiera me respondió, alzó la mirada de la pequeña pantalla que miraba mientras chupaba su pucho una y otra vez. El gordo no me entendió o, como muchos vendedores, hizo que no me escuchaba ante mi facha de  migrante boliviano o paraguayo.
Volvía con los hombros caídos y molesto, muy molesto, cuando mi acompañante me dijo: “mira, acá hay unos libros en italiano”. 
Voltee y lo vi. Ahí estaba en la edición económica de Feltrinelli: “L´Ultima Lacrima”. Abrí el libro para constatar que iniciara el cuento que conocía, descubrí que algunas cosas en italiano comprendía (benditos semestres que repetí en la universidad por amenazar al hijo del profe de latín). Y luego, chequé cómo estaba subrayado, tenía marcas de haber sido usado para alguna clase de traducción, palabras con su correspondiente en castellano-argentino, marcas sólo en un relato. No lo pensé y lo compré. El precio fue bajísimo pero levantó mi ánimo, si no podía tener la traducción, la haría yo mismo.
Regresé a casa de nuestra anfitriona con el ánimo contrariado. Hallé el libro, existía el original, lo tenía en las manos, pero no en castellano. El esfuerzo sería grande y había que comenzar ya mismo.
Tomada del sitio oficial del autor
https://www.facebook.com/LupoBenni

Trate de entender cada cuento, pero entre el cansancio, el frío y toda la gira de cuenta cuentos que se avecinaba me venció el cansancio y lo dejé para la vuelta a México. Así pasaron los días, entre escuelas, bibliotecas, viajes al sur y al norte de aquel enorme país. Una semana antes de volver, mientras esperaba que nuestra anfitriona terminara de dictar su taller de Narración Oral en la biblioteca de Morón salí a checar las librerías cercanas, una de descuentos que ya me había aprendido de memoria y otra, en la cual se juntan libros nuevos con usados. Busqué cómo siempre en los apellidos de los autores que me interesan y, simplemente, ahí estaba.
Mojado, casi desprendidas algunas páginas, con restos de moho, algo apestoso y con el lomo hinchado y torcido. Era el libro que había buscado por tantas librerías, en los anaqueles de segunda mano. Lo tomé con incredulidad y no lo solté, no lo solté para nada hasta que llegué a pagarlo en caja. Fue baratísimo.
Corrí a contarle a mis compañeros. Con la emoción creyeron que nuevamente la gendarmería me había pedido mis documentos, la pinta de indio americano en Argentina es casi un delito. Pero no, lo vieron con cierta incredulidad, ¿cómo lo conseguiste? Preguntaron y me deleité volviendo a contar esta historia.
Fue el mismo viaje en que me tomé al escritor César Aira en Plaza Rivadavia, dos días antes de que volara a México. El viaje que me llevó a recorrer mucho del país, un viaje maravilloso sin duda.
Un par de años más tarde me encontré ese mismo libro en México, en la Librería Rosario Casellanos. Estuve a punto de comprarlo, pero era carísimo. Desistí a cambio de algunos álbumes ilustrado y alguna que otra cosa.
La obra de Stefano Benni no llega a México, los ejemplares que te toparás son de La cofradía de los Celestinos en Ciruela, últimamente su versión narrada para chicos del Cyrano y ya. Las novelas que editó Norma en Colombia aparecieron y se esfumaron de las librerías. Quizá Terra en alguna edición antigua, pero no más. Sus cuentos de El Bar en Fondo del Mar llegaron en la colección de Seis Barral baratísimos, se vendieron y desaparecieron para siempre.
Y lo entiendo, es un escritor irónico, duro, pasa de ser cómico a hacer retratos durísimos que ofenden a la ideología mexicana o, simplemente, caen en ese tipo de confesiones que la idea latinoamericana del mundo hace como que no pasan. Su manera de mostrar una sociedad estratificada y estúpida no le viene bien al lector común. Alguna vez, cuando trabajaba en librería, compartí mi gusto por Benni con críticos literarios, cuenta cuentos, otros escritores y su respuesta fue siempre la misma: “no entro, no me gusta”.
Quizá no estamos acostumbrados a leer cosas que nos inquietan en verdad. Lo cierto es que lo conocí por Caterina Camastra, gran amiga y gran lectora. Ella vino muy joven a México, a estudiar, a conocer y se enamoró para siempre de este país.
Ante tal ausencia de libros de Benni, una tarde compré un ejemplar de La última lágrima en Mercado Libre. Llegó muy bien, casi nuevo el ejemplar y… vaya sorpresa. Era el mismo ejemplar que había estado expuesto en la Rosario Castellanos.
Lo sé porque conserva la misma etiqueta que había visto con el precio un par de años antes. Lo sé porque en mis frecuentes visitas a librerías busco siempre a mis autores favoritos y no lo vi antes por ningún lado. Así que tengo dos ejemplares y ahora busco otro ejemplar de mi deshojado “El bar en el fondo del mar”.


Y para cerrar deberé decir que no hay cariño sin correspondencia ni viceversa y aunque no hablo ni escribo el italiano, sé que Benni me ha respondido algún que otro comentario por Facebook y aunque sus editores o quizá el mismo se escandalice cuando lea esto, haré un espectáculo para jóvenes y adultos con sus cuentos. Algunos de ellos ya los contaba para niños antes y, ahora, llevaré  estos delirios, esta visión diversa y contestataria de un mundo unívoco y absurdo a los oídos de muchas personas que aún no saben el gusto que tendrán por una literatura diversa y nada insípida.
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