12/20/2014

La Huasteca tiene mucho por enseñarnos

Hacía tanto que no estaba en un ritual tradicional Huasteco que la emoción de pronto se volvió alguna que otra lagrima. Llegamos a Chiconamel un poco cansados, desconcertados por el mal estado de la carretera pero expectantes. La gira se había pospuesto y las cosas parecían liadas, pero llegamos al medio día. Preguntamos en la presidencia municipal por el director de la Casa de Cultura y nos enviaron dos calles arriba, una manta al final de unos escalones dejaban claro que ahí era.
Entramos a un patio hermoso con un naranjo cargado de frutos y exposición de bordados, cerámica, máscaras y un presídium rodeado de pinturas y símbolos que en ese momento no entendí.
La Huasteca es mágica y extraña, de las regiones que más tardaron en ser evangelizadas y aún conservan el idioma náhuatl en la mayoría de su población.
Nos advirtieron con amabilidad que harían un ritual antes del evento, que nos darían la bienvenida con collar de flores y nos contarían acerca de la comunidad.

A las cinco de la tarde comenzamos, listos con el vestuario encima y casi dispuestos a arrancar nos dimos cuenta que nos faltaba un cable y la música era casi imposible. Decidimos que arrancara el ritual en lo que se nos ocurría algo para musicalizar los malabares.

Uno a uno fuimos recibiendo una bienvenida de mano, con collar de flor de cempasúchil y la Invitación a hacer una cruz en el suelo con Coca-Cola de una copita.
Sahumarnos una y otra vez fue el siguiente paso. Mientras una maestra nos contaba la historia de Chiconamel, entre la leyenda y los datos comprobables. Lugar de siete nacimientos de agua, formado por 7 barrios donde se puso una de las tres primeras iglesias de la región. Y ahí la leyenda de Acaxóchitl, flor de carrizos, en la que fue cautivada primero por el sonido de la campaña y, después, por la relación con el cura. Hasta que murió y fue bautizada como María de la Asunción, de ahí que sea la patrona del pueblo.
Después de agradecer todo el ritual y recibimiento dimos función. Nos salvó la vida el cd de una banda de conocí en FILIJ, pareció que lleváramos mucho tiempo trabajando con esa música: la Brass Street Boys.
Luego vino la cena, mataron un par de gallinas a nuestra salud y disfrutamos de el adobo y el arroz, agua de limón y refrescos.
Dormimos en aquella Casa de Cultura, con los rituales y rezos alrededor, con una forma diferente y nueva de ver la realidad. Salimos tempranito con la incesante lluvia de diciembre que nutre la segunda siembra de maíz del año.
Camino a Platón Sánchez hablamos tanto. Paola impactada de cómo la coca cola suplantó la bebidas ceremoniales, Roberto feliz de las cuatro vasijas para agua que nos regalaron, Alethia impactada por los rezos y el sahumerio que molestó a Devika en el ritual de bienvenida y yo...
Yo recordé los rituales que hacíamos con José Pérez Alférez y su proyecto de recuperar los saberes prehispánicos, lo americano original.
El camino nos tiene en Platón Sánchez después de unas deliciosas enchiladas huastecas, listos, puestos y dispuestos.
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