4/14/2008

juguetes de oriente


Se asustan y ponen el grito en el cielo las buenas conciencias cuando se dice pornografía, cuando alguien habla del juego de adultos.
Los niños juegan con juguetes, juegan a descubrir sus cuerpos; pero los viejos, los adultos, atrofiando sus cuerpos en oficinas, en autos, entre cigarrillos y cafés y coca cola y cualquier estimulante posible para posibilitar la posibilidad de seguir produciendo para... producir y vivir.
Entonces nos queda el juego a escondidas, el homo ludens vertido en el juego del sí mismo, en la búsqueda de su propio placer y el de... ¿la pareja?
La pareja como el espejo de cada vez que voy a confirmar que sigo siendo el mismo(a), cada que es posible, cada que la oportunidad aparece y ocurre... y entonces jugamos, jugamos con juguetes o con nuestros cuerpos, jugamos a ser malos, tiernos, concretos o irracionales, irascibles o cálidos, jugamos a ser fecundos en caricias calmas y ritmos de lubricidad.
Entre tanto, los aburridos hombres y mujeres grises ven en televisión lo que añoran vivir, aman como a sí mismos el placer mórbido del otro, del que son espectádores en programas de chismes, en periodismo rosa.
Al final, más pudredumbre detrás de una máscara de moralidad. No es que uno sea un exhibicionista, pero qué de malo tiene en seguir eternamente jugando, en tener en la cabeza el nido de esos pájaros que siempre viajan lejos y vuelven cargados de cuentos, historias, porque en su vuelo de libertad ese es el gran equipaje.
Hay ay ahí gente hermosa, adultos com uno, vínculando... viviendo... respirando... vitales y hermosos abrazados a la esperanza que entreven en causas perdidas. El fin justifica las causas, por pérdidas que sean.
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