4/13/2009

Confesiones de una vaca

Foto: Teatro Experimental de METRO Espacio Cultural Metropolitano de Tampico

Cuando niño, era muy pequeño, pero lo recuerdo bien, la calle donde estaba la casa de mis padres se llenaba de lodo apenas apuntaba el verano y, luego, cuando el verano pleno, los charcos se volvían verdosos y, finalmente, al alcanzar el máximo de calor, el polvo se espacía por todos lados jodiendo cualquier limpieza de casa. La máxima realización en mi primera infancia no era ser un niño hablador y poseedor de un encanto chocante: la posibilidad de declamar a diestra y siniestra "Mamá, soy Paquito" de Salvador Díaz Mirón. Por el contrario la realización máxima para mí en aquellos ayeres era la contemplación.
Pasaba largas tardes en la azotea de mi casa, jugando solo. Imaginando realidades imposibles. Retando a la gravedad en los quicios, sobre los muros (me veo caminando en la corniza 10 metros de un lado y 4 del otro y me lleno de emoción).Y todo porque no podía salir a jugar, ni tampoco jugar con nadie, los mayores estaban en sus códigos y yo... cuando estaba en casa, peleaba contra los ratones para que no terminaran de mascar los libros perdidos en cajones desordenados.
El recuerdo de un inicio de verano. La suma de elementos, las soledades vertidas en un momento, uno nomás, un juego absurdo.
Cursé el tercer año de kinder por la tarde, mientras de mañana iba a la escuela primaria. Yo sabía leer desde pequeño (la verdad es que no, pero coincidió que en el examen de ingreso me pusieron a "leer" una ficha que conocía de memoria: "ojo", que hace los ojos y nariz). Así que por la mañana era el pequeño inadaptado, el extraño que no acababa de entrar al mundo de esos enormes chicos que hablaban y jugaban de tantas cosas extrañas para mí... Mientras que mi personalidad cambiaba por la tarde, donde era un sabio, el chicop aplicado que todo terminaba rápidamente, que todo lo hacía tan bien y rápido que las maestras lo dejaban ir a otros salones, vagar por los pasillos en horas de clase y, sobre todo, lo elegían para los bailes de concurso, la obra de teatro, el festival de verano, la poesía del lunes a la bandera... (me acuerdo la vez que tomé el micrófono para decir, banderita tricolor te doy mi corazón mi cariño, te respeto, te quiero y te deseo feliz navidad; eso fue un abril).
Aquel año me eligieron para "dirigir" el Guapango de Moncayo y también como actor de El Grillo Cantador (ambas obra ganadoras del concurso de zona) y... al final del año se pusieron las dos "en cartelera" de manera que el programa de final de cursos tendría dos de mis participaciones; sin embargo, habría que estar en la ronda de animales de mi salón(bendito Cri cri y su camino de la escuela); así que decidí vestirme de oso panda.
De tal manera que apenas terminaba una, corría a que me cambiaran y luego otra y así, dándome el pequeño placer de encerrarme unos segundos a solas en el salón de cantos y juegos a reirme, a burlarme de aquello. La sensación no era alegría por alguna tomada de pelo, no. Más bien me daba risa a manera de no poder tomarme en serio, una y otra vezme reía de mí, de mis nervios, de mi salir serio y hacer el papel, de brincar como grillo y hacer que tocaba sin tocar, que dirigía sin dirigir que bailaba de panda sin bailar.
Y esa misma sensación es la que me hace ahora, ser una vaca frente a tus ojos cerrados, compartir lo que uno es, sin telones.
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