11/08/2010

Dándole “Matarile al Cuento”



Domingo 26 de septiembre
Es la tercera vez que comienzo a escribir este testimonio, el primer borrador fue hace un año tratando de recuperar historias de mi infancia y luego un texto demasiado autobiográfico. Y es la tercera vez que abren el auto donde viajamos para ir contando cuentos.
No ha sido sencillo tratar de quitarle a la vida cotidiana tiempos para escribir, ayer dimos una función en la Feria del Libro Universitario en Xalapa y otra en un albergue de Cardel, junto con juegos y el taller “Mi primer libro personal”. Viajar, caminar, andar, conducir, sólo para contar, para contar historias, para compartir cuentos sacados de la presentación que tienen desde hace 500 años más o menos: cajita de papel impreso, mejor conocida como libro.
Hace unos días publiqué en mi blog:
Qué complicado resulta volver a usar todos los botones del teclado, tratar de sacar por las yemas de los dedos algunas palabras que puedan mostrar un poco, dar cuenta de lo que hoy es mi estilo y forma de vida.
Caminar no es tan complicado, pero detenerse, pensar, reflexionar en si el camino corresponde a la decisión tomada... es decir, ¿el camino que ando es el mismo que elegí andar?
Mi vida es un caos, un constante lío y conflicto, atar y desatar es mi hacer. Y encima ordenarlo y meterlo en una caja, me viene tan complicado… pero -en fin- el esfuerzo se hace, las cosas se comienzan y terminan.
Amén.

Vueltas y más vueltas en la cabeza de por dónde comenzar… pero no dejar de viajar de Xalapa a Puebla para dar alguna función, para hablar con gente interesada en que contemos cuentos en sus campamentos, en sus escuelas, en sus fiestas infantiles, en cualquier lugar se pueden contar cuentos y jugar y hacer de las historias y los libros eventos fascinantes.
El martes por la noche dejamos el auto en el estacionamiento de una plaza comercial en Cholula, cuando volvimos de tomar un café estaban abiertas las puertas y en la cajuela faltaba la maleta de espectáculo, la maleta para los talleres y dos más de ropa. Muchas cosas, muchas historias y formas de compartirlas se fueron en la maleta de Matarile al Cuento.
Lunes 27 de septiembre
Llueve y llueve muchísimo, me quedo la mañana en casa para avanzar, tengo claro cómo seguiré contando sobre el viaje de compartir libros.
En la maleta que me regaló Mariana y luego la rotuló con el logotipo de Matarile al Cuento iban objetos que usaba para el show, hablaré de cada cosa y su historia y mi historia en cada uno de esos objetos.
Matarile al cuento
La maleta fue de los padres de Mariana, quien es mi novia desde hace dos años que coincidimos en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Xalapa, donde hace casi 10 años comencé a contar cuentos por pura coincidencia. Y por pura “coincidencia” la vida me cambió por entero.
Era septiembre de 2001, por aquellos días mi pareja de entonces se había ido de avanzada a vivir en Hermosillo, Sonora. Yo trabajaba como reportero cultural, mientras desarmaba la casa, vendía el auto y preparaba el viaje. Conocido como joven escritor y reportero en Xalapa, me propusieron dar un taller para niños, para que escribieran. No me pareció difícil y lo intenté y fracasé; sí, los chicos se iban, no querían atender a mis instrucciones, se aburrían, hacían como que leían, como que escribían. Además, se burlaban: “el que tiene un taller vacío, aburrido”. Me hacían reír, pero la verdad es que nunca había hecho algo así.
Antes de la feria, su directora, la licencia Lourdes Hernández Quiñones, me preguntó por el nombre de mi taller. Le di algunas vueltas, pensé en canciones populares para niños, en “hacer algo”, por entonces “darle a algo” refería a hacerlo ya mismo, así que “ A darle matarile al cuento” me pareció en ese momento una idea rápida para hacerlo así, nomás, vamos a hacer el cuento ya mismo.
No me sentó bien la experiencia, pero había un par de libros para niños que me gustaban mucho. Como reportero, por la tarde llegué a la oficina del trabajo y me dijeron que buscará a Elena Poniatowska para entrevistarla por un problema con la feria. Conseguí su teléfono, amable y franca me dio la entrevista, pero donde ella decía “me sentí triste” los editores cambiaron por “me sentí decepcionada”, donde la escritora decía “fue un malentendido” la edición de primera plana necesitaba que dijera “fue un desaire”. Cuando vi la nota al día siguiente se me caía la cara de vergüenza. La organización de la feria me confió un taller, me dejó hacer con libertad, mi taller era hasta ese día un fiasco, pagaban bien y yo firmaba una nota contra ellos. Decidí no ir ese día, para mí era un gran conflicto.
Y durante todo ese día pensé y repensé ¿qué debía hacer? Enfrentar fue la respuesta, dar la cara. Así que volví, pero dediqué la tarde a estudiar, a hacer un taller divertido, usando las herramientas que tenía, talleres de teatro y voz, respiración, motivación a que los chicos concluyeran el cuento que yo comenzaba narrando. Y funcionó. Niñas, niños, mamás y papás buscaban espacio para escuchar y ver las locuras que hacía para resolver varios cuentos como “El diario de un gato asesino”, “Ma y Pa drácula” y “El agujero negro”. La gente de la feria no me recriminó nada, la paga fue buena pero no intuí lo importante de aquel evento, ya que un mes más tarde dejaba el terruño para irme a vivir al desierto. Donde, en la ausencia de trabajo, terminé contando cuentos en el parque del DIF, cuando el payaso había renunciado.




Clavas para malabares

En la maleta iban tres clavas blancas adornadas con manchas de vaca, de marca Heinrich modelo Albatros que compré cuando entrené y colaboré con la compañía Rodará en Puebla. Luego de Sonora nos regresamos al sur, no podíamos vivir en aquella ciudad de desierto, éramos muy extraños y preferimos volver, pero no a Xalapa. Por aquellos días varios amigos míos trabajaban en periódicos y pude conseguir un empleo para vivir en Puebla.
Así que seguí con el periodismo y mi pareja de entonces consiguió trabajo como maestra de actuación. Hasta que el periodismo me hastió, aproveché una beca de joven creador en Veracruz para dejarlo y pensar en lo que quería hacer. Un buen amigo me recomendó con la gente de Educal, coincidió con la apertura de la librería Profética en Puebla y llegué como empleado de librería a un paraíso: un edificio reconstruido con más de diez salas de exhibición y libros, miles y miles de libros. Con un pequeño problema, nadie sabía cómo diseñar el acomodo en un edificio tan grande. La bodega estaba llena de libros etiquetados, inventariados, pero fuera de sitio. A un mes de la apertura, me dediqué a diseñar dónde quedaría cada libro, a buscar formas y consultando al dueño de Profética, José Luis Escalera, se abrió la librería Profética Educal.
Pero antes de abrir, disfrutaba mucho de aquel espacio, tanto que un día se me ocurrió proponerle a Escalera contar cuentos los sábados en la sección infantil, no cobraría, sólo quería hacerlo, me gustaba mucho hacer narración oral así que… ¡no!, tajante, NO. Él tenía considerado para eso a un cuenta cuentos argentino. No insistí en ese momento, un par de días después arremetí: “no quiero paga, sólo quiero hacerlo, por favor”. La respuesta fue a regañadientes: “Dos fines de semana nada más, a ver qué pasa”.
Y lo que pasó es que se volvieron dos años de funciones ininterrumpidas, de llenos totales en aquella hermosa librería, de llenos en la cafetería y atascos para los cuentos los sábados a la una.
Por aquellos días era mucho el estrés, mi relación de pareja se iba desgastando y la antigua bohemia evolucionaba y se convertía en un hoyo, un abismo. Si bien siempre fui funcional, los estados alterados eran casi cotidianos, los conflictos personales y tomar a cargo la librería fueron demasiado. Dos años después de entrar en Profética decidí renunciar, no soporté tanto y al mismo tiempo mi divorcio y quedarme solo, sin casa, sin empleo, sin el sentido de vida que tenía antes.
Así, decidí darme un tiempo de calma, respirar. Llevaba entonces, a mis 28 años, la mitad de mi vida trabajando, leyendo, estudiando, escribiendo, corriendo en la vida. Así que tomé un tiempo de calma, pero entonces, ¿de qué viviría? Volver con los padres no era opción. Así que miré mi agenda y ahí estaba la respuesta. Durante los dos meses siguientes tenía invitaciones a contar historias en colegios Montessori y escuelas públicas de varios lados.
Me encantaba contar cuentos, no era un acto de esclavitud sino de liberación, tendría algo de dinero, no tendría jefe, ni horarios cerrados, ni estaría en un solo sitio. La idea me fascinó y lo vi como una salida, una forma de vida alternativa para dejar atrás los vicios emocionales, de conducta y afectivos. Renunciar a los apegos que hacían daño.
Por entonces, surgió la idea del juglar, del viajero que va contando cuentos, alegrando a la gente. Y entonces, al contar cotidianamente noté que necesitaba más herramientas, en principio para que entre cuento y cuento la gente no se fuera, luego para hacer de los cuentos hechos más escénicos, plásticos, divertidos. Los chicos, la gente, necesitaban algunos estímulos visuales que la atrajeran. No se trataba de hacer teatro, sino generar hechos escénicos llamativos que trazaran ideas, que hicieran que se quedaran en su asiento escuchando sin ilustrarles la historia.
Por esas inquietudes tomé dos cursos: pantomima y títeres. Pantomima estaba en Puebla, con una compañía de clown y malabarismo; mientras que títeres estaba en Xalapa con Carlos Converso. Así, durante la semana estaba en Puebla trabajando en escuelas y entrenando por la tarde y los fines de semana en Xalapa, haciendo títeres. Fue muy duro, hubo semanas sin dinero, hubo días sin comida; pero había un sueño: compartir historias, ser un cuenta cuentos que hiciera que la gente buscara los libros, fuera a las fuentes.
Entonces aprendí malabarismo como parte del entrenamiento, sin imaginar en aquel momento que esos palos raros me acompañarían después para contar al ritmo del malabar. Tampoco imaginé que sin querer, me toparía después con una etimología que me hace investigar sobre el asunto. En un viaje por la sierra de Chihuahua, pagado por una gira en Sonora, un inglés me preguntó si yo juggling, no entendía y una profesora de inglés de Estados Unidos me tradujo: “él te pregunta que si tú juglareas”. Claro, respondí que yo contaba cuentos como un juglar; pero no se refería a eso, ella hizo el gesto de malabarear… sonreí, porque entonces la traducción literal del inglés juggling es juglarear. Sin querer, contando, malabareando, jugando y después cantando, me convertía entonces en lo que había soñado: un juglar.





Pelotas de malabar

En la maleta estaban cuatro burbujas para malabar de marca Cabeza de Martillo que compré en Chile, en la tienda donde las fabrican. Los viajes fuera del país fueron casi una necesidad, en Puebla cuando las cosas estaban mucho mejor, cuando trabajaba en varias escuelas leyendo en voz alta, contándoles historias desde maternal hasta secundaria, cuando en las noches hacíamos espectáculos de narración para adultos, cuando comencé a trabajar con Sergio Villar y soñábamos un día convertirnos en una compañía de cuenteros, encontré la convocatoria al festival de narradores en Buga. Solicité, envié y fui aceptado. Estaba feliz, juntaría un poco de dinero y haría el viaje a como diera lugar.
Pero no contaba con la invitación que recibiría de Xalapa, la entonces directora del Instituto Veracruzano de Cultura, Esther Hernández Palacios me invitaba a participar de un proyecto educativo novedoso: un taller de artes para chicos y jóvenes con discapacidad intelectual.
No fue difícil la decisión. Era la oportunidad de leerle a un público distinto, de trabajar con gente en otros estados de consciencia, con otras formas de mirar el mundo. No lo pensé, le escribí a Germán Jaramillo para posponer mi viaje un año y regresé a vivir en Xalapa. A mi llegada hubo un taller de creatividad, el experimento fue muy exitoso, diversos creativos de áreas como la música, las artes plásticas, la danza nos unimos para recibir a 20 chicos tan distintos entre sí como nosotros los “maestros”. Recibí una biblioteca maravillosa y comenzó un viaje impresionante y hermoso que concluyó un año y medio después con los cambios administrativos.
A la par de esa labor, muy de mañana me invitaron a leer un cuento en radio, todos los jueves de 7 a 7:15 am, compartía libros en mitad de un noticiero radiofónico, todas las editoriales que conocía pasaron por ahí. Recuerdo con especial cariño las llamadas telefónicas cuando leí Matrioska de SM y sentir la necesidad de encontrar una muñeca… pero de eso hablaré después.



Así, durante más de un año leí y conté en vivo toda clase de historias provenientes de libros. La migración a la televisión fue paulatina pero inevitable, en dos años me invitaron a hacer un programa de televisión contando cuentos, una sección de 5 minutos divididos en dos bloques, donde grabé alrededor de 100 cuento diversos, presentando en algunos casos al autor, en otros el libro, la editorial, la colección, pero compartir el cuento fue la base de ese trabajo en el programa Kayuko, que hasta la fecha sigue trasmitiéndose en repeticiones.
Al año de volver a Xalapa, en mis primeras vacaciones fui a Buga, conocí entonces a dos amigos Argentinos que cambiaron el rumbo de mi forma de hacer y ver la narración. Mi manera de contar tenía mucho que ver con los niños; pero ellos narraban textos de Ítalo Calvino, Mujica Lainez, autores considerados “serios”. Si bien lo había imaginado, nunca me di el tiempo para eso, vivía contando a chicos y cuando tocaba el turno de contar a adultos o adolescentes cambiaba el tono, la manera, pero eran básicamente las mismas historias. Así que me abrí a esa posibilidad y se lograron nuevas maneras.
Sin embargo, la amistad derivó en visitas, Inés Bombara y Ricardo Marturet cuando viajaron al festival Miami Cuenta pasaron de regreso a visitarme y organicé una contada, un Encuentro de Narradores, de cuenta cuentos, aún sin nombre, comenzó un día en un pequeño poblado aledaño a Xalapa con más de mil chicos durante varias horas.
Lo siguiente fue bajar al sur, ir a Argentina, conocer sus públicos y espacios. Así, pasé por Chile sin contar, pero me recibió Argentina un día del niño, con la plaza de Morón a reventar y Circo Canival prestándome sus micrófonos para contar haciendo malabares, divertido, emocionado lleno de nervios y alegría. Siguió una gira por el sur, ver ballenas, caminar y andar, contar historias de México en Argentina y escuchar a su gente y sus historias. Al final de ese recorrido nos reunimos a ponerle un nombre a todo esto, a este gran esfuerzo de amigos, entre amigos, de tanta energía en un mismo punto. Junto con Ricardo e Inés hablábamos con una funcionaria, que se sumaba a esto y yo le hablé de Texturas, “esto (dije refiriéndome al encuentro, la coincidencia) es una textura muy fina”. Ricardo dijo que debería llamarse Texturas, ese concepto englobaba nuestras diferencias. Así, comenzó formalmente a existir el Encuentro Internacional de Cuenta Cuentos Texturas, con idas a Argentina de cuenteros mexicanos, con visitas de argentinos y brasileños a México.
Las pelotas de malabar tenían una función en mi maleta, contar el cuento de una gotita de agua que se decide ayudar en una sequía y todas la siguen. Así, se salva la siembra de un año por una pequeñísima, ínfima gotita. Una intensión mueve voluntades, genera ecos en otras. Creo que así se creó el Encuentro Internacional de Cuenta Cuentos Texturas, atendiendo en México y Argentina a decenas de miles de personas en escuelas, plazas, teatros, sin distinción alguna. Creado de forma autogestiva y con mucha entrega.




Acordeón infantil

Durante varios meses busqué uno. La idea era ponerle ojitos y hacerlo pasar por un personaje para un cuento montado con muñecos. Lo conseguí un mes antes de que comenzara Texturas en México y durante los viajes y trayectos fui jugando con él, motivado a tocarlo por Nene Ocioso Multicolor, con quien durante muchas noches compartíamos historias y libros. De hecho, su disco más reciente tiene letras de animales de un libro de Rafael Ordoñez que halló en casa y alguna canción perdida que escribí para él. Luego de mucho contar vino la intensión de cantar, de hacer música con los cuentos, de jugar con el público.
Ahora Matarile al Cuento, como montaje de la compañía Juglaria, circo y narración se nutre con los aportes musicales de Ray Cadó, músico jazzista xalapeño que con su debilidad visual se emociona y entrega a las historias que lo hacen viajar. La música fue un elemento que tardó en gestarse y ahora forma parte casi esencial del espectáculo.
Mucho tiempo pensé en cómo integrar la música, fue hasta la tercera Feria Internacional de la Lectura (FILEC) en Tonantzintla que encontré la forma. Desde su origen, Sergio y yo estuvimos contando mañana y tarde, es un gran esfuerzo compartido al que nos unimos con mucho compromiso. En aquella ocasión habían planeado una mesa de “Rap y poesía”, con la participación de un DJ, una promotora de lectura y un cuenta cuentos. Sin embargo, a la hora del evento el único que se presentó fui yo, junto con Jorge mi hermano quien es parte de la compañía Juglaria.
Era el momento de echar a andar la vieja idea de hacer un rap con el cuento La fiesta chipocluda, busqué el libro en los stands de la feria y comenzó el juego. Pueden pasar años sin que uno se atreva, el año pasado no me atreví a enviar este testimonio, puedo esperar algunos más para ser seleccionado en las becas de FONCA, pero ese era el momento. Jugando con el público a hacer un ritmo a partir de lo enchilado, luego de una reflexión sobre lo importante del chile en la cultura mexicana comenzamos y fue un éxito completo, entre risas y suspiros el juego funcionó y hoy es parte del espectáculo.
Vino entonces el juego con el acordeón. El cuento “Los besos de María”•de Triunfo Arciniegas menciona que un limosnero ciego compone la rumba de los besos de María, en un show se me ocurrió pedirle a la gente que hiciera con la boca un güiro y con 3 ó 4 tonos de mi acordeón para niños hice “la canción”. Ha sido maravilloso y divertido jugar al cuento, jugar a que en el cuento la gente participe, juegue y se divierta. Entonces, los cuentos de los libros se vuelven actos completos, donde el espectador participa y es tocado en diversos momentos, mientras acompaña al narrador por el viaje que es el texto.




Este año no se hará la FILEC en Tonantzintla, se realizarán cuatro pequeñas ferias en localidades cercanas a Puebla, donde estaremos con la misma entrega y compromiso de la primera hace ya cinco años, en la que Verónica Macías Andere me invitó advirtiendo claramente que dinero no habría. "Y qué importa", dije como digo casi siempre. Si hiciera esto por dinero, seguro que dejaría de hacerlo o me desesperaría. Cuento cuentos, traduzco a voz viva literatura escrita porque se me ha convertido en una forma de vida, una manera de compartirme con los demás.
Se fue ese pequeño acordeón en la maleta robada, pero no se irá el cuento de La Chica Mazapán que ya se estrenó, un cuento personal de antiprincesas, ni tampoco se va la rumba de los Besos de María que ahora se tocará con una melódica de casi 40 años que me regaló la familia de Alethia Valdés Pacheco, la coordinadora y representante en Puebla de Juglaria, Circo y Narración.




Libros

Obviamente en la maleta había libros, no ediciones que se consigan con facilidad. Estaban los “Cuentos pulga” de Riki Blanco editado por Thule, “El tirano, el Luthier y el tiempo” de Christian Grenier y François Schmidt editado por Bárbara Fiore, “La cosa perdida” de Shaun Tan que había comprado por tercera vez y “El pájaro del alma” de Mijal Snunit. De éste último tengo un ejemplar más en casa, una de esas milagrosas devoluciones de buenos amigos. Lo usamos en el espectáculo de Matarile al Cuento musicalizado con improvisación en clarinete, Ray va tocando y yo narrando, el resultado es lindísimo, lleno de emociones. Además, es de los cuentos que me gusta contar libro en mano, eso permite que la gente mire de dónde proviene lo que uno dice, darle al libro la autoridad que tiene. Además de su estructura y la voz del autor.
Me dolió mucho perder los “Cuentos Pulga”, son pequeños relatos de los que estamos enamorados mis compañeros y yo. Hablan de la humanidad, de la lucha, del amor propio y hacia los demás de manera tan alegórica, tomando el circo como escenario. Junto con Alethia Valdés, Guadalupe Cabrera, Ray Cadó y Javier Plaza teníamos la intensión de hacer un montaje, con música y elementos de malabres y equilibrios. Ahora se suspende la intensión un tiempo, en tanto vuelva a nuestras manos ese ejemplar. Lo compré en la FILIJ 2009, a la vuelta del Texturas Argentina fuimos a dar un taller de cinco días con casi mil participantes y, a la vuelta, lo vimos y se vino con nosotros.
A Shaun Tan lo conocí por el Consejo Puebla de Lectura, digamos que me lo presentaron en una actividad. Quedé prendado, me emocionó mucho el texto, la ilustración y mandé pedir de España sus libros, fue carísimo pero lo valió. La primera vez que tuve Emigrantes, luego de leer y leer sus imágenes lo regalé a unos amigos colombianos que viven en Estados Unidos, apoyando a latinos migrantes. La Cosa Perdida comencé a leerla en voz alta, luego a hacer una versión lo más cercana al texto, al ambiente de las ilustraciones y se fue una vez más.
Y “El tirano, el luthier y el tiempo” era para un proyecto con Ray Cadó. Lo trabajábamos apenas. A este músico me unió la amistad con un luthier veracruzano: Daniel López, quien crea jaranas y requintos principalmente. Recientemente, Ray le pidió construir un requinto de seis cuerdas, instrumento que originalmente tiene cuatro y desde hace más de seis meses que viaja con nosotros toca y toca una y otra vez, la música para este cuento tiene un toque medieval, místico y yo quería que él comenzará a hablar también durante la historia. Ha sido para mí una gran experiencia viajar y compartir con Ray, a él le fascina que le lean, uno de los regalos que nos unió hace años, antes de compartir el camino, fueron varios audio libros que le regalé. Recuerda con placer que de niño le leían Homero y él viajaba a mundos inimaginables, mas no en versiones infantiles, sino traducciones en las que jugaba un papel muy importante su gran intuición.
Mi casa está llena de libros, me fascina tenerlos, cuidarlos, guardarlos, ordenarlos y, claro, leerlos. Estudié por eso literatura, me siento orgulloso de hacer libros además de escribirlos. Además sé que un libro te busca, te toca y te elige. Sé que los cuatro libros robados llegarán a nuevos destinos, ellos son sabios, como bichos mágicos que llegan siempre a las manos adecuadas en los momentos precisos.


Traje de vaca

¿Qué hacía un disfraz de vaca en la maleta del cuenta cuentos? Volar.
Uno de los cuentos que conocí en Profética y me cautivaron es “La Vaca que se Creía Mariposa” de Emilio Ángel Lome. Comencé a leerlo en verso, tratando de no declamarlo, de contarlo. Luego me pidieron grabarlo en audio y jugamos con las voces, con los posibles y entonces comenzó a ocurrir que sábado tras sábado en Profética me pedían volver a contarlo una y otra vez. Me divertía mucho, pero por más que lo contaba era sólo eso, la historia de una vaca loca que al obligarla a renunciar a su sueño de volar, se va por los aires. Me recordaba a Zenin de Agutagawa, pero esa historia me acompañó por todo ese trayecto, me acompañó por la librería Profética, por dejar el periodismo, por valorar la literatura infantil y juvenil, me enseñó que basta con soñar para que pueda ocurrir.
Recuerdo que de niño jugaba solo en la azotea, huyendo del mundo de los adultos que era abajo, la casa; mientras caminaba por las cornisas pensaba en lo que me gustaba hacer y hacía sentir bien a los demás respecto mío. La respuesta fue: declamar poemas, pero eso no era un trabajo, ¿o sí? Me imaginé andar recitando poemas y decliné, pese a que no me imaginaba de adulto de otro modo. Quizá el sueño de aquel niño volvía en los versos de una vaca terca.
Así que, cuando viaje al desierto del Pinacate con mis clavas de malabares comencé a contar a la vez que hacía malabares. Fue divertidísimo. Luego, conocer al autor y contarle y convertirme en su amigo y agradecerle lo mismo la vaca que las letras de Bandula.
Ya con la vaca malabareada, conseguí hacer lo que buscaba: contar una historia generando una tensión visual, una atención a la mirada para que se abriera el oído. Así que algún tiempo después, en Xalapa, el espacio de títeres del maestro Converso me invitó a dar mi espectáculo los fines de semana. Había teatrino, micrófonos, música, luces, era la ocasión perfecta para intentar algo nuevo.
Por aquellos días, lo que comenzó como un cuento en las mañana en un noticiero radiofónico en FM ya había derivado en un programa de radio diario en AM: La Tarea, donde con mi hermano, hacíamos cuentos, presentábamos canciones de música alternativa para niños, hablábamos de cosas que interesaban a chicos y grandes relacionados con la educación en secciones conducidas por títeres. Un programa divertido y locuaz.
Cuando llegó el ofrecimiento comencé a imaginar cómo presentar atractivamente historias lindas, pero de forma más escénica sin caer en el teatro. El resultado fue primero tomar un tema, lo primero que surgió fueron las vacas, porque de esos animales era de los que más cuentos tenía preparados. Así surgió el primer “montaje” de lo que después sería Juglaria, le pedí a mi hermano que mandara a hacer dos trajes de vaca a nuestra medida, igual a los que usan los chicos del preescolar en el festival de primavera.
Y comenzamos improvisando entre cuento y cuento, dirigidos por el títere Orzo, con cuentos de Roahld Dahl, Emilio Lome y Gonzalo Soltero entre otros. Así con canciones, malabares y disfraces de vacas mezclamos la comedia y salió un montaje que se ha presentado en diversas ferias del libro del país.
El traje de vaca se convirtió en un evento, como preámbulo al cuento hacemos la magia de aparecer una vaca que contará un cuento haciendo malabares, lo absurdo y el juego, la desacralización del Narrador Oral en busca de que lo importante sea el cuento, la forma y la estructura literaria. Que lo que quede en el espectador sea el texto compartido en forma de discurso, lo demás, simple comedia.




Una Muñeca Matrioska

La noche del robo, a eso de las cuatro de la mañana, me despertó un sobresalto. Recordé en ese momento que la Muñeca Matrioska rusa con que contaba el cuento del mismo nombre iba en la maleta. Esperé mucho por ella, el libro de Dimiter Inkiow editado por SM llegó a mis manos mucho tiempo antes de conocerla, lo leía e imaginaba contar el cuento con un juguete ruso original.
Lo conté en radio, pero no en presentaciones. Así que unos días antes de la XVIII Feria del Libro Infantil y Juvenil en Xalapa, un mes antes de mi primer viaje a Argentina, caminando por la ciudad vi una venta de garaje, me detuve por una maleta roja que dejé apartada y cuando entré la vi. Estaba hasta el final de la venta, sola y hermosa, detallada y bien trazados sus rasgos, no era una copia china, era bellísima. Pregunté el precio y en ese momento la compré. Al abrirla, tenía su “acta de nacimiento” en ruso.
La mujer de la venta era de Argentina y me contó que viviendo en su país, su hija cantaba en un coro y en su primer viaje a Rusia la trajo. Ahora su hija era adulta y se había ido a vivir a Europa, su esposo y ella hacía varios años de haber migrado a México y traían este recuerdo. Cuando le conté para lo que usaría a su Matrioska se emocionó mucho. Lo que no le conté es que me recorrí buena parte de su país con esa muñeca mágica y viajera… que ahora emprendió otros vuelos. Espero pronto hallarme de nuevo con otra de su especie para que no pare el cuento, para no dejar de contar esa hermosa versión de la leyenda rusa.
Los objetos se convirtieron también en refuerzos, en formas para que la palabra se fuera fijando en la mente de las personas.
Reconocimientos
En la maleta guardo los reconocimientos que dan en las funciones, que hay semanas en que se junta casi una docena de funciones algunas con documento, algunas con pago, algunas sin pago ni testimonio. Es así, fluir nada más.
Ahora soy un cuenta cuentos “profesional”, como a veces dicen los profesores cuando me presentan a los chicos. No estoy solo, junto con los chicos que se van uniendo a este compartir de historias y alegrías (con sus debidos derroteros) caminamos y andamos por ferias del libro, escuelas, fiestas infantiles y hasta eventos muy comerciales.
Mientras escribo esto, checo que el grupo de juglaría en facebook tiene más de 1400 miembros y me pregunta por ese mismo medio el editor de mi columna quincenal (A paso de juglar) si iré a divertir a los chamacos de los albergues de damnificados por las lluvias en Veracruz. Ya fuimos, pero además me siento feliz porque la gente asocia a Matarile al Cuento con que los libros se vuelven cosas divertidas y leer no es un castigo si aprendemos a jugar con ello, con los libros, con las palabras y las ideas que nos regalan.
Pueden seguir abriendo mi carro, incluso no dudo que puedan robárselo, pero las historias siguen, los caminos se abren. Sé que como la vaca, volamos si lo deseamos. Lo perdido es esto, historia que se cuenta, lo verdaderamente importante es no dejar de hacer historias, de contarlas. Lo que nos diferencia –creemos en occidente- de los animales es el lenguaje y lo usamos en plenitud cuando contamos, cuando leemos, la memoria de los seres humanos se expresa en historias en cuentos, somos lo que contamos, eso es lo importante.
Durante cinco años Matarile al Cuento ha caminado y hecho brecha sin apoyos, sin dinero, creando formas de seguir avanzando. Sin becas, vendiendo a veces funciones a editoriales, otras a ferias del libro, a escuelas, lo mismo que trabajando de forma gratuita, llevando las historias de los libros en palabras grabadas en audio o video.
Martes 28 de septiembre
Estoy de vuelta en Puebla, mañana saldremos a dar funciones de cuenta cuentos en la Feria del Libro de Aguascalientes, nos preguntaron que si nos molestaba viajar en camión hasta allá, sonrío porque no nos molesta, como no nos molesta que nos inviten a contar en cualquier sitio con o sin paga.
El viaje de un cuenta cuentos, de compartir historias se convirtió con los años en el viaje de mucha gente con el nombre Juglaria, circo y narración. Ahora, somos casi diez personas compartiendo historias, sobre todo a los niños, mostrando con alegría que sus historias nos ayudan a darle un sentido a nuestra vida diferente al de la televisión y el consumo.
Talleres, canciones, libros, cuentos, malabares, juglaría, todo se mezcla para comunicarnos, para hacer de la palabra escrita palabra viva que camina y va y llega a la gente en una dimensión diferente a la del libro, pero que lo remite a él, que le da su valor.
Es tiempo de dar las gracias a los miles de chicos que nos escuchan y nos ven contar cotidianamente, a los maestros que nos confían, a quienes gustan de los cuentos y necesitan que les cuenten para sentirse vivos. Pero quiero darle las gracias a los amigos que se volvieron hermanos de camino: Sergio Villar, Jorge Iván Corona, Javier Plaza, Alethia Valdés, Mariana Aguilar Vázquez, Ray Cadó y Lupe Cabrera de México. Y de Argentina, Ricardo Marturet, Laura Casariego e Inés Bombara, junto con los grupos de narradores que ella prepara y coordina.



Martes 29 de septiembre
El robo de algunas cosas es motivo de cuentos, de historia, de escritura, de testimonio. Pero la vida es magia pura, hago un recuento y es el primer otoño que veo iniciarse en mi país, durante 3 años antes estuve fuera, Colombia, Chile, Argentina y todo por compartir historias de los libros que me fascinan. Ésta no es de un libro, pero es la historia de un chico que soñó contar cuentos, el cuento del empleado de librería adicto y co dependiente emocional que halló en su pasión por los libros una manera de vivir distinto, de compartir literatura compartiéndose.
Y siguen los sueños, como en la literatura, porque cuando uno imagina algo y logra comunicarlo o plasmarlo ese “algo” se vuelve un imaginario. Luego, otro alguien lo ve o lee, y es como una semilla que puede o no germinar y aquel “algo” que era sólo imaginación pura comienza a ocurrir en la mente de muchos más hasta que ese imaginario se va volviendo parte de la realidad. Así, imaginé hace años contar y compartir mi pasión por la lectura y la escritura, lo escribí y hallé una oportunidad de compartirlo, de hacer que se viera. Posteriormente, muchos lo vieron y comenzó a ocurrir que existía aquello que fue sólo un sueño. Hoy vivo y camino acompañado, con la fuerza de este grupo de amigos comprometidos con la lectura y nuestra búsqueda es poder seguir haciendo lo que amamos, seguir viviendo de este modo itinerante movidos por compartir nuestra pasión: la literatura.
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