4/14/2012

La política y la lucha libre

Votar o no votar... La gente no se detiene a pensarlo, ni siquiera se detiene. Es demasiada la "información", el chismorreo y el juego de los procesos y momentos supuestamente informativos. Hace meses que no veo la televisión y, sin embargo, no puedo dejar de saber sobre si el señor del copete, la señora jefa, el supuestamente amoroso y el que parece profe de la Ibero.
Cualquier día, me llaman de Morena para pedir una función gratuita por parte de un grupo de ciudadanos organizados. Al principio con el discurso de somos un grupo de ciudadanos que quieren cambiar a México pero no es una agrupación política; luego con el asunto de sí, promovemos el voto para Andrés Manuel y, cuando nos negamos a donar trabajo, cierran la conversación con un "muchos artistas e intelectuales que quieren cambiar a México nos están apoyando".
Uy qué bueno que no soy ni intelectual, ni artista. Luego, una página web absurda: elmenospeor. Ahora resulta que la idea es votar por lo menos malo, por lo menos jodido, por las sobras, por algo que no queremos ni necesitamos. Pero votar.
En los discursos de la tele, con los millones de dólares que invirtió el IFE, la gente cree que no tiene opción más que votar, que con llevar su credencial a las urnas tendrá verdadero poder de decisión, que los representantes son electos por su esfuerzo de salir a manchar una boleta. Digo si la gente sigue consumiendo, y por ende creyendo, cosas como Laura de América, La Rosa de Guadalupe, Cada quién su santo, puede creer y consumir cualquier cosa. Los humanos aprendemos de la imitación y ni siquiera usamos nuestra memoria.
Por lo visto nadie recuerda las caídas de sistema, nadie quiere pensar en los robos en despoblado de sexenios pasados, nadie quiere hacerse responsable de que estamos en el juego de la simulación. Tanto un candidato como otra, hablan de defender la desigualdad social y favorecer el lavado de dinero; se les van las cabras al monte, no tienen los patitos en fila y se nota a leguas que les chilla el borrego en la oreja.
Todos sabemos que es un sistema de fingimiento, todos somos más o menos conscientes de que están mintiendo. Prometen o hablan de cosas que no conocen, aprenden discursos amables que no tienen fundamento, hablan para conseguir una finalidad que no necesariamente es ganar las elecciones, sino simplemente generar polémicas, dar a  la gente "ideas" y maneras de percibir el juego de lo político. Y les seguimos en juego en tanto creemos que de eso depende nuestra estabilidad económica, nuestro rol social.
Hace algunos meses creí que la elección estaba ganada, que la señora era la ungida, la elegida; que como cada sexenio le protegerían la figura lo mejor posible, usando como piñata a otro, que se convirtiera en el foco de atención, mientras la señora se convertía la inevitable sucesora de su compadre. Ahora me doy cuenta que esta vez no será tan simple como el sexenio pasado.
Es muy fuerte la puja de poderes, demasiados los gastos absurdos, los  fuertes manejos como tapar logotipos o estrategias para que parezca verosímil cualquier resultado. No soy futurólogo, aunque me espero.
Al final, en la elección quedará el proyecto que convenga a los intereses de grupos y personas desconocidas para la gente de a pie. En todo el juego, lo que me desconcierta y llama la atención es el manejo extremo del tema PAZ. Surgen a la par de las campañas grupos que hablan de la paz, se programa con mucha antelación festivales y campañas a favor de la paz. Espero que no ocurra, pero tanta prevención en el tema es quizá porque saben los millones de dólares en armas que circulan por el país, los cientos y miles de personas armadas deambulando por todo el territorio nacional y, obviamente, las armas sólo tienen una función.
Lo grave es que en cualquier conflicto armado el verdadero ganador no es quien queda vivo, sino el que comercia con esa sangre que es, directa o indirectamente, el mismo que hace y vende las armas.
Buscar que el país cambie, que exista un estado protector y benefactor es para muchos una fórmula positiva. Sin embargo, el mundo transita por un cambio en los sistemas económicos y, por ende políticos, de manera que los estados son ahora reguladores de  grandes empresarios mundiales. En el triunfo de la globalización el estado moderno se vuelve una pieza a punto de resquebrajarse.
Y todo esto para decir que  yo soy de los que no votan. Yo no creo en ellos, pero creo en la gente que sí cree. Considero importantísimo que mucha gente vote y ejerza ese derecho, me resulta gratificante y maravilloso vivir en un país que me permite no pertenecer de esa forma, sino de otra. Vivo la realidad social cada día y trabajo para y con gente de partidos, religiones e ideologías diversas.
Y todo esto para decir que cada vez me convenzo más de que la política en México es lo mismo que la lucha libre mexicana, pero sin chiste. En la política no hay bellas máscaras, no hay arte ni artilugio, no hay una porra ruda capaz de mentarle a los miles de asistentes sólo para arrancarles una carcajada. Lo que sí hay, y todos lo intuimos, es un gran empresario que poco importa a la hora de mostrar las artes del pancracio.
Porque al final de la función de lucha libre, rudos y técnicos viajan en la misma camioneta, se hospedan -cuando bien les va- en los mismos hoteles. Son la gran familia del circo que entretiene, muestra y da esperanza al público.
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