3/27/2013

¿Hacer vida social o vivir? ¿Crear o repetir?

Por Martín Corona Alarcón



Pronto harán diez años que decidí dejar de convivir con amigos del medio cultural y artístico, después de varios años de hacer entrevistas, reportajes y notas de prensa sobre toda esa gente que se auto define como “artista”. Después de noches enteras de beber y beber con ellos y nuestros egos ocupando un sitio más en la mesa, después de hacer esfuerzos absurdos por pertenecer, luego de agradecer a como diera lugar que me cedieran el sitio del alumno, del pequeño que se asoma, que quiere y no sabe si podrá o no llegar a la meta. Pero, ¿a qué meta? Ocupar su lugar años más tarde, tener un par de publicaciones “a nivel nacional”, una jugosa beca de creador emérito, pertenecer y ser amigo de todos, compartir la comida, la bebida y no sé qué más.

Creo ahora que algo dentro mío se rompió, dejé de creer en el camino de las relaciones sociales, los grupos y los elogios mutuos. A cambio comencé a trabajar a diario, dejé de leer para presumir con los amigos que conocía más autores que ellos, es más puedo decir que dejé de leer con la avidez del intelectual presuntuoso y comencé a leer con la necesidad de quien busca entender algo, sentir de otro modo.

Y entonces, alejado, caí en cuenta de lo miserable que puede ser la vida del artista en México actualmente, necesitado de apoyos del gobierno, dependiente de las migajas que el estado tira para tenerlo tranquilo y callado, urgido siempre de un empleo similar a su labor, de un tallercito, de un apoyo o, en caso contrario, prostituyendo su forma de ser, pensar y actuar para agradar al sobrino, hijo o primo del empresario que desvía su IVA en alguna empresa cultural.

Después de eso comencé a hacer cuentas, sumar las horas empleadas en pertenecer, en agradar y caer bien. Las horas y días invertidos en ir a galerías, a presentaciones, de libros, a galas, a la obra de teatro de los amigos, a la presentación de danza de la chica hermosa, a la borrachera, a la comida, al diablo, dije al final. A cambio, cada una de esas horas las puse a disposición de compartir mi trabajo con la gente de a pie, ir a presentarme a donde está la gente: a las escuelas, a las fiestas infantiles, a festivales y ferias. Y el resultado fue increíble, en pocos años mi trabajo creció, aprendí cómo hacer que las cosas que me gusta hacer funcionaran para el público real y no para un grupo de artistas y críticos.

Ahora me doy cuenta de lo inútil y absurdo que es hacer eso que llaman vida social, vida pública. Al final siempre es el trabajo el que se conserva en la gente. Claro está que si el quehacer del “artista” es pertenecer, vivir de hacer algo creativo a costa del estado o el desvío de impuestos de alguna empresa, el método más simple es buscar pertenecer a toda cosa, no en balde el músico mexicano Jaime López dice: “la beca es de quien la trabaja”.

Aún pertenecía a esos grupos cuando me maldijo una poetiza, molesta porque mi compañero de trabajo y yo le renunciamos cuando quiso deshacerse de uno de nosotros haciendo chismes: “y jamás volverás a tener una beca, no sabes de lo que te pierdes yéndote. Nunca te publicará ninguna editorial importante, de eso me encargo yo.”

Y así fue, no he vuelto a tener una beca, pese a aplicar y enviar documentos probatorios y tener un trabajo sólido. En cambio los apoyos van a las manos de sobrinos, amigos, ex parejas de los jurados, que a su vez son incondicionales de un grupo de “artistas” que, muchas veces, son ni más ni menos que familiares de empresarios y políticos.

Y de publicar en editoriales importantes, impensable porque no soy hijo de nadie del medio ni tampoco tengo ascendencia española, judía o por lo menos libanesa. Y encima nunca me paro por presentaciones, ni paso lista, ni me sumo incondicional a los caprichos de tal o cual gurú de las artes. Así que no pasa nada cuando luego de meses, me topo con la directora o director de la editorial y sólo me dice que por ahora no están publicando textos de las características de los míos, gracias.

Y tampoco estoy en la academia, porque decidí que una maestría o un doctorado no eran mi camino como creador. Porque no me interesa hacer sesudos análisis con modelos ideológicos europeos o estadounidenses de “objetos artísticos” estudiados hasta la saciedad por quien fuera a ser mi asesor, a la espera de descubrir o aportar algo para que el asesor en cuestión lo tome y publique con un agradecimiento para mí o una mención en los et al.

Sin embargo, vivo de contar cuentos, vivo de escribir y hacer cosas creativas. ¿Cómo entonces?

No tengo una empresa cultural que busque por todos los medios quitarle un poco de su impuesto a alguna que otra empresa, tampoco hago vida cultural, simplemente trabajo. Llevo mi quehacer a todos los espacios posibles y evito decir que no a cada reto creativo que se me presenta.

Hace años descubrí con admiración el ensayo de César Aira: “La nueva escritura”, donde habla de la necesidad de nuevas estructuras, en un momento en que las artes son una constante repetición de tópicos y fórmulas. Y ahora, como creador busco aplicar esas nuevas estructuras a la manera cómo mi trabajo puede llegar a la gente, fuera de los mismos esquemas gastados, absurdos y, por ende, limitados.

Así, no me considero un “artista”, ya que el concepto que el siglo XX nos heredó se restringe a una manera romántica de ver al creativo, loco y relegado, bohemio y banal, engreído y tonto a la vez, en cambio considero que a la luz de los cambios sociales, la incorporación de la tecnología y la economía de mercado y, sobretodo, en el contexto de una cultura de masas (mainstream) la labor del creativo es crear nuevas formas de llegar al público, creando canales diversos que, por pequeños que sean, den un poco de aire y luz en este gran imperio de lo mismo, de diversión banal, de falta de contenidos y fórmulas gastadas.

Así que habrá que re plantear la vida social del artista, su grupo maravilloso y su sitio de confort, si es que el creador quiere realmente influir en su contexto social. En todo caso, la veintena de iniciados en las artes que siguen admirando las artes de una élite absurda, incongruente con el contexto social de la actualidad,  seguirán perpetuando la inamovilidad de las artes a cambio de una pizca de reconocimiento y, en el mejor de los casos, algo de dinero en una beca o estímulo.

Un ejemplo muy simple es que cualquier “talento televisivo” que tiene una breve y gris aparición tiene miles de seguidores, mientras que un escritor no pasa de una centena.  Además, la literatura y las artes en la actualidad no tienen los medios para llegar a la gente, el argumento clásico es que las artes nunca han sido de la gente, sin embargo hoy más que nunca acudimos a nuevas expresiones, donde el teatro por ejemplo llega acaso a una audiencia de trecientas a quinientas personas, mientras que cualquier programa de televisión llega a millones. Y no hablar del dinero invertido en producción.

Más que grupos sociales de artistas, más que cafés de grandes ideas, este momento histórico requiere que los verdaderos creativos trabajen en generar nuevos modelos de artes y comunicación. Ya no bastan las galerías, ni las salas de teatro, ni las bibliotecas, mientras que los jóvenes sigan siendo formados en esas ideas de arte y comunicación sólo estamos enterrando todo futuro para la difusión del trabajo estético.

Así, es momento de trabajar cada minuto en generar ideas y objetos estéticos asibles para la gente, re plantear el lugar de las artes como objetos decorativos elitistas, llevarlos a la gente y renunciar al mecenazgo, a la comodidad de las fórmulas gastadas.
Seguro que no existe aún eso que estoy diciendo, pero es la labor de los creadores, de los artistas generar esas cosas que no existen, mucho más ahora que todo objeto estético existe a partir de inversiones millonarias que lo imponen como único o exitoso o famoso en un contexto dominado por medios de comunicación de cero contenido.

Considero que la historia de Occidente nos enseñó que los cambios sociales surgen de ideas maravillosas de cambio, adaptadas a los contextos sociales de cada momento de la historia. Nuestro momento no es diferente a ello, sólo que las ideas de la actualidad no son geniales ni siquiera ingeniosas, son medios de sometimiento intelectual facilistas y carentes de contenido.

Así que más que hacer vida de artista, más que ser parte de la veintena de asistentes a eventos artísticos y culturales, me quedo trabajando a favor de generar ideas y maneras diversas a favor de la creación y las artes, como este pequeño trazo que más que aclarar, cuestiona.

Quienes buscamos vivir dignamente de hacer cosas creativas estamos obligados a crear objetos estéticos capaces de gustar al público, crear lenguajes para hablarle a la gente de a pie. Ya que los espacios del estado reservados para los artistas ya están ocupados y la herencia de los mismos tiene una larga fila de allegados, familiares, compromisos y amigos. Lo mismo, de forma aún más obvia, ocurre en los senderos de la academia, donde los profesores e investigadores repiten esquemas anquilosados a los jóvenes que saldrán a un mundo preparados para seguir repitiendo conceptos incongruentes con la realidad social.

Más que pertenecer a élites y grupos sociales, el momento nos pide crear nuevas maneras de creación, diversos modelos artísticos adecuados y posibles para la sociedad de este momento. Más que seguir encerrando a la creatividad artística es momento de abrirnos, buscar y hallar las vanguardias que el siglo XXI está pidiendo a gritos. De lo contrario asistiremos a los funerales de las artes, veremos cómo las expresiones artísticas se vuelven estudios de la antropología e inversión de museos y coleccionistas millonarios, mientras la gente vive pensando sólo en diversión banal, talentos y expresiones sin contenido.
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