11/24/2009

¡Al ladro..!


Después de escucharme, el ladrón de historias corrió a su oficina y le pasó a su secretaria la grabación que hizo de mis cuentos.
Ella copió rápidamente. Le dio al ladrón el texto de lo que fueron en algún momento mis palabras y él las fue cambiando poco a poco; las agarraba del cuello hasta que dejaban su aliento propio, que era el mío.
Las golpeaba para sacarles todo su jugo y cuando estaban vacías, les inyectaba sustancias que hacen mansas a las palabras, dóciles para permanecer encerradas en un libro sin que causen ningún conflicto.
Cometida su fechoría, el ladrón de historias envió su libro terminado a su editor. Quien lo pasó a su departamento editorial, quienes a su vez volvieron a transformar, violentar y vejar a las palabras hasta que quedaron conformes.
Al final, supe todo esto porque sentí cómo en las manos del ladrón mis palabras sufrían y perdían su vitalidad y, luego, porque un amigo que es gran lector me contó que leyó mis historias en un libro de... ¡Ah, sí! -le respondí- es un ladrón de historias. Él sonrió y yo, yo le conté una historia maravillosa, tanto que dejó por un tiempo de buscar palabras vivas en carnicerías literarias.
Foto: Alethia Valdés Pacheco
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