1/09/2010

De cómo los cuentos del otro atañen al sí mismo

Sería de 95 a 99, no antes ni después. Yo entonces era reportero cultural y cumplía cabalmente mi rol de joven promesa literaria en una pequeña ciudad de provincia. El cuadro era el esperado: pelo largo, botas mineras, un gran esmero en el descuido del vestir y del aseo personal. Mucha bohemia, mucha lectura, mucha escritura como palos de ciego y celebrando siempre mi fe en las letras, en el cómo se aferraban los escritores a ellas. Pagaba la cuota de mi delirio con soledad, haciéndome imposible el cariño de los otros.
Además, no puede haber bohemio sin alcohol y en nuestra relación había dos estados: borracho o con resaca. En cada uno de esos dos había dos opciones: bebiendo solo y leyendo-escribiendo o bebiendo con los amigos mientras hablaba de lo que escribía y leía cuando ellos no estaban. Y en el estado crudo, andar resacoso rencoroso y molestoso o quedarme como estúpido frente al televisor mirando hasta 6 películas de todo tipo en un mismo día.

Recuerdo por entonces dos cosas que ilustran aquel tiempo, mi afición a los versos de mi amigo Mario Torres:
"Dura, cruel, imposible,
nunca serás mía".
Y el principio de la sensación del erizo. Cada vez que alguien se acercaba a quererme, algo hacía que brotaran pinchos, puntas afiladas y su caricia se convertía entonces en su dolor y alejamiento.
Todo iba maravillosamente, hasta que ocurrió.
Una tarde en la biblioteca de teatro de Paco Beverido llegó ella. Era hermosa, alta, esbelta, usaba medias y mini falda. Unos tacones breves la hacían ver más alta de lo que ya era. Se sentó junto mío y comenzó una charla crucial en lo que serían los siguientes diez años de nuestras vidas.
- ¿Ya viste la nueva obra de teatro de la compañía titular? Preguntó ella jugando a hacerse la interesante.
- No, pero me dijeron que aparece una mujer en pelotas, si es así debe ser buena porque los desnudos hacen que la obra sea artística y, por ende, muy buena. Respondí tratando de hacerme el chistoso.
- Pues no sale una mujer en pelotas, sino dos...
- ¡Ahh pues más interesante aún! Seguro que es una gran obra de arte
- Sí, otra chica y yo...
Un breve silencio incómodo precedió a su risa, su risa enorme que todo llenaba, la risa por la cual durante muchos años le dije: "tu vocación de felicidad es tan grande que temes asumirla". Y luego, la charla clásica de aquella pequeña ciudad en la montaña, si conoces a tal o cual, si eres amigo de aquel o enemigo de aquella. Y comenzó jugando lo que serían salidas y risas, juegos bobos y deliciosos delirios y complicidades.
Un año, quizá dos después de aquel episodio. Caminando por el callejón donde estaba la biblioteca entramos a una librería que recién había abierto un buen amigo. Yo busqué autores, hablé con mi amigo de libros, editoriales y entonces ella me puso en la mano un pequeño libro con pasta dura, naranja llamado El amor de Policarpo. No leía entonces literatura infantil, me parecía un asunto menor, despreciable.
Faltaban muchos años para que al tomar libros como Ma y Pa Drácula o Memorias de un gato asesino comenzara a cambiar de opinión. Sin embargo, ocurrió algo, un quiebre que no por breve fue sustancioso y simbólico. Aquel libro naranja tenía una historia que hablaba de… murciélagos, de un murciélago que ante el amor y la imposibilidad que él fabricaba se convertía en un estudioso, en un gran lector, sumido al mundo de las letras fuera del mundo donde su amor podía haber llegado a… era como yo.
Ella con su enorme sonrisa me lo dio porque, bueno eso no quiero contarlo, pero sé y ella sabe por qué me lo dio. Ni me detuve en el autor, no demasiado en la editorial, lo consideré caro, carísimo en aquel momento, era apenas una historia breve, un “cuentito” y no una novela y el costo –en mis apreciaciones de aquel momento- no correspondía.

Me quedé con la idea de comprarlo en otro momento, con la idea de quienes estamos acostumbrados a saber que los libros tuyos vuelven, que ciertos libros llegan a tus manos para incorporarse a tu vida. Y eso pasó y pasaron también muchas cosas, me casé con aquella mujer, vivimos muchos años juntos, viajamos, parrandeamos, fuimos enormemente felices y terriblemente desgraciados; nos amamos pues como lo que éramos: dos jóvenes llenos de necesidades.
Y la vida nos llevó lejos de la ciudad de montaña, hasta el desierto y como todo desierto nos enseñó y nos mandó al mundo pero decidimos quedarnos en otra ciudad, más grande, donde yo terminé por dejar a un lado el periodismo y me decidí a trabajar en una librería. Era una jaula de oro, un paraíso, diez salas de exhibición decenas de miles de libros, la posibilidad de tener al alcance todos los libros que quisiera, que pidiera, qué emoción aquella.
Y desde que conocí el lugar, un enorme edificio colonial restaurado, me encantó la sala de infantil: un espacio enorme y lleno de luz, donde los chicos podría leer y botarse y divertirse y yo quise contar cuentos. Ya lo había hecho en una feria del libro y en el desierto hubo que comer y los cuentos fueron opción, pero al ver aquello decidí que yo quería hacerlo, compartir lecturas con los chicos.

La respuesta del dueño fue NO, no y no. Ya tenía contemplado a un Narrador Oral Argentino para eso. Pero seguí intentando, quería hacerlo. Ahora que reflexiono un poco no sé por qué insistí tanto, tanto que terminó diciéndome:
- Está bien sólo dos fines de semana, para probar.
Lo que no terminó de decir era “para probar que no funcionará.” Pero contrario a lo que él esperaba fue una experiencia muy agradable para sus hijos y sus sobrinos, que fueron los primeros asistentes a Matarile al Cuento los sábados pasado el medio día en la sección infantil de la librería.
Y de ahí en adelante dos años sin faltar un solo sábado. Y sí, los primeros cuentos fueron los que tenía preparados, pero apareció de pronto en mis manos nuevamente el librito naranja aquel: El Amor de Policarpo. Y lo comencé a contar y luego más libros de esa colección. De hecho, guardo algunas grabaciones de aquellos días donde está precisamente ese cuento y La Vaca que se Creía Mariposa de Emilio Ángel Lomé y El Pirata Malapata de Alonso Nuñez y en desde aquel momento comencé a pronunciar al inicio del cuento de Policarpo “de Alberto Forcada”.
Y vino luego dejar la librería, comenzar a vivir por mi cuenta contando historias y llevando alegría a la gente. Sí, alegría, aunque los cuentos no digan cosas que hacen reír dan alegría.
Pero además de la librería terminó otra cosa. Acabó la relación con la mujer de sonrisa grande. ¿Por qué? Pues porque todo acaba y a veces re comienza, pero a veces no. Yo aproveché para dejar el empleo y hacer lo que más amo: compartir literatura, contar historias, comunicarme con la gente y decir cosas de uno u otro modo.
Fue una racha dura, no había mucho dinero y había muchas cosas por arreglar, demasiados puntos que reacomodar; pero bueno, se hace y se camina.
Seis años después de cuando comencé a contar en voz alta apareció en mis manos otro libro del mismo autor: Alberto Forcada. Prácticamente me lo puso en las manos Alejandro Espíndola, el encargado de ventas de CIDCLI, ”La imaginación al poder”. Fue en la Feria Internacional de la Lectura de 2009, en febrero cuando estaban aquí Inés Bombara y todos los amigos de Argentina armando el Encuentro Texturas de Cuenta Cuentos.

Inés fue quien lo tomó primero y con la cara llena de alegría me dijo que dos o tres relatos le habían fascinado, con sus cositas en los finales, pero que eran buenísimos. Es extraño, para Inés y para mí es extraño, difícil, duro en verdad encontrar cuentos que nos muevan, que nos hagan emocionar. Sí, hay muchas cosas muy buenas, buenísimas pero no cualquier cosa se deja contar y además nos permite entrar en ellas, es decir, pocos relatos y poquísimos autores son generosos y te permiten entrar a ser parte del cuento. Y ese libro lo permitía.
Luego, mi hermano se puso a contar uno de los cuentos de ese libro y yo quedé prendado de “La nube de Ramiro”. Lo leía y re leía, me encantaba porque justamente contaba lo que yo había vivido. Claro, yo no me llamo Ramiro, ni tampoco era una nube la mujer de la risa hermosa, ni llovió una madrugada, pero a la vez sí.
Estaba en Argentina, en la parte del Encuentro Texturas que se realiza allá y de pronto surgió la posibilidad de contar algo “más para adultos”. Sí, había contado un par de veces Ramiro y la Nube, pero no era sencillo, me dolía, me costaba, como lo fue en su momento narrar el amor de Policarpo. Sin embargo, en Buenos Aires pude hacerlo, era lindo soltarlo así en primera persona, Ramiro atendía una papelería y en el sur se le llama papelerías a las librerías y…

Recuerdo cuando terminé de contarlo en Musac, el bar donde narra Inés mensualmente, se acercó Selva y me abrazó. Pude sentir el consuelo que ella buscaba darme y noté cómo yo buscaba ese consuelo sin saberlo. Luego ella me habló de abrirme, de permitir el amor, de… ¿Qué estaba pasando? ¿Qué decía mi cuerpo y mi ser al contar el cuento de Ramiro que escribió Alberto?
Selva es la esposa de Miguel, son dos seres hermosos y muy unidos. Tienen dos hijos y dos nietas. Gente de familia, católicos creyentes y amabilísimos. Para ella yo necesitaba esa vida, esa forma de realizarme. Y, para mí, ¿cuál es esa forma?
Igual que Ramiro amé a una nube, como el sauce me desprendí de las raíces y celé como el chico de Juanita y no dejo de ser el mismo Policarpo que aprendió el lenguaje de los mosquitos y sigo tratando de averiguar cuándo será el próximo eclipse.
Ahora cuento historias por muchos lugares, algunos llenos de alegrías y otros no tanto, en ocasiones me pregunto, ¿cómo compartir alegría con quienes no tienen motivo para eso? Pero comienzo, simplemente lo hago, comparto lo que me gusta y una de las cosas que me gusta compartir son los cuentos de Alberto Forcada, que por cierto recién los mandé a un par de amigos en Argentina, a Margarita El pequeño cuento de horror con el que quizá haga una versión para los títeres de Los Simperos y a Oskar el amor de Policarpo y a Inés las estatuas. Y además quiero hacer un espectáculo con sus cuentos y quizá hacer alguna canción con Adi vino y se fue o con los Columpios que dan para eso... veremos qué viene, qué sale, que seguro saldrá lindo, lindo, como los cuentos de Alberto.


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El Amor de POlicarpo contado por Martín Corona
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