1/04/2010

en mitad de la sierra




Luego de la primera función, en una bodega, ante unos 150 niños desde preescolar hasta secundaria comimos.
El trayecto había sido duro, llegar a la ciudad, luego subir a una comunidad cercana en la Sierra y después emprenderla en la caminoneta de la asociación rumbo a donde sería la primera función. Subimos, subimos más. Poco a poco pueblos y más pueblos fueron quedando detrás. Parecíamos subir la única cuesta del abismo, pero no; ya que cuando la neblina lo iba permitiendo se dejaban ver otros pueblos a la misma altura, pero en otra colina. Parecía que de un salto, o sólo con la mano pudieramos llegar hasta allá; pero era una ilusión absurda porque abismos enteros nos dividían, enormes y profundos abismos.
La función fue difícil al principio, los cuentos pasaban y lo chicos no se enganchaban, miraban atentos pero parecían no divertirse. El detonante fue trabajar directamente con tres de ellos y cuando comencé a jugar malabares todo cambió. Los juegos con interacción despertaron no sólo el interés sino prácticamnete todo. La función concluyó alegre con mujeres y hombres y más chicos venidos dequién sabe dónde.



Íbamos rumbo a la camioneta, a guardar las cosas cuando las mismas señoras volvieron con canastas, con cubetas, todas cubiertas con servilletas bordadas casi todas de tela estamapda en cuadritos. "Agarre usté un taco" y una y otra y una señora más llenaban nuestras manos con tacos de frijol, de papa, tacos dorados y salsas muy picantes. De pronto alguna gordita de chile, luego un atole llegó a mis manos y sonrisas, muchas sonrisas.
Los hombres de la comunidad se acercaron con recelo y curiosidad. Su recelo me produjo temor, porque no conocía las maneras de esas comunidades, olvidadas durante muchos años por el país, por los proyectos y los recursos federales. Convertidas ahora en bandera de un sinfín de asociaciones y fundaciones nacionales e internacionales que les llevan y les traen toda clase de cosas que, generalmente, no necesitan. En cambio, lo que sí necesitan, lo que requieren simplemente no llega a la gente, pese a los presupuestos millonarios que se han empleado por quitarle a esas comunidades el título de "las más pobres del país".



La charla comenzó por sus dudas de si me pagaban por hacer esto, y "sí, claro". Se esmeraban ellos por hacer las preguntas correctas y a mis respuestas comentaban en su idioma y sonreían. En aquella zona, la mayor parte de la gente es bilingüe o hablante del náhuatl, ya que desde la época de la conquista esas comunidades se quedaron en la sierra, viviendo alejadas de todo el proceso. En la actualidad están ya integrados a la religión y las costumbres de México, pero a la vez no.
Aquellos hombres entonces se detuvieron en lo que más había llamado su atención.
- ¿Eso que hace con los palos es magia?
- No, no, es práctica miren. Les mostré algunos trucos sencillos, juego lento para que pudieran mirar el proceso. Luego les presté las clavas para que sintieran el peso. Y entonces intentaron darle una vuelta a una clava mientras seguían haciéndose burla en náhuatl y sonriendo.
- No, pues está difícil, porque es magia, ¿no?
- No, no, no es magia. Respondí tratando de ser amable, pero intrigado por su insistencia.
Terminamos de comer, la camioneta partiría de inmediato, me despedí amable y vi en la sonrisa de aquellos hombres que, efectivamente, yo estaba haciendo "magia".
Pero, ¿entonces qué es magia? ¿Qué es magia para mí y qué es mágia para ellos? Efectiva y efectistamente yo hago trucos, y quizá el truco, algo que es extraordinario con base a esfuerzo y "truco" sea magia; no aquello que es meramente sobrenatural. Curioso asunto aquel de subir a la sierra.
A la vuelta, en la segunda función una maestra me dijo que los Reyes Magos no llegan allá, que si yo podría ayudarles y, lamentablemene, no podré en esta ocasión, pero se me queda la espinita.
Volvimos, dos funciones y más de 300 chicos, refrescos y paletas de caramelo al final de cada espectáculo. Cuentos míos y de otros, la vaca jugando y yo, pensando en la magia, pensando en cómo todos -a nuestro modo-, hacemos cosas mágicas a los ojos de los demás.

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