6/20/2007

De dragón


Hoy es el primer día que no sueño con la Princesa María. En cambio, antes del amanecer pude observar en mis sueños los pies blancos y pequeños de la Princesa Sofía, que debajo de unos tenis blancos sonreían.
Ser dragón es un oficio muy devaluado en el mundo global, además todo el mundo voltea a decirte quejoso, nena e insultos por estilo. Claro, cuando vienen a buscar mis tesoros son los más zalameros, perros falderos que mueven la cola y no dejan de alabar los oficios de un dragón.
Llevaba muchas noches sin poder quitar a la Princesa María de mis sueños. La conocí cuando pasaba por aquí en su carruaje, yo había salido a buscar un poco de heno para confeccionar unas coronas cuando escuché sus gritos.
“Déjame en paz, yo sé hacer esto, no necesito que me estés diciendo cómo hacerlo, mucho menos corrigiendo… además, me tienes harta no paras de presionarme… Encima no paras de corregirme en todo ni siquiera me dejas hablar…”.
Y así continuaba su cantarina voz incansable, quejándose absolutamente de todo con su dama de compañía.
Supongo que fue la voz, el espíritu indomable de la Princesa María lo que me arrebató de pronto la calma. Estaba seguro que mi flama azul acallaría un poco su perorata, que el estallido del sol sobre mis escamas la sorprendería tanto que quedaría con la boca abierta. Supuse que sólo yo: el Dragón muy Cómodo, retirado de raptar Princesas y dedicado a la búsqueda y resguardo de tesoros, podría calmar con su flama la llama de la Princesa María.
A María le envié muestras de mis tesoros.
A María con ternura di extensas cartas donde exponía el cómo, el por qué ambos deberíamos ver toda una noche cómo la luna se esconde tras las montañas de los susurros.
A María entregué uno de mis más preciados tesoros: mi colmillo derecho.
Sin embargo, los tesoros los repartió entre sus pretendientes (príncipes bobalicones de reinos pobres, ávidos de poner las manos en el reino que, algún día, heredaría María).
Las cartas las guardaba celosamente, orgullosa de que lo que su belleza había logrado, feliz de sentirse alabada.
Claro que toda la obsesión por la Princesa María no sería tal si ella no hubiera llegado a mi cueva durante un tiempo, siempre al ocaso. Pero unos minutos después desaparecía, se iba, a veces argumentaba la cena, otras un festejo fastuoso en el castillo, pero al fin, apenas daba tiempo de mirar la luna y, cuando yo embelezado volteaba al cielo a sentir el reflejo del astro aquel en mis ojos… ella desaparecía.
Así, noche a noche durante mucho tiempo soñé incansablemente con la Princesa María. Pero eso no fue lo peor. Luego de unos meses fui requerido por el consejo de dragones:
“Si tanto amas a esa Princesa ráptala como un dragón digno, no permitiremos que te comportes como una lagartija patética…”
Y yo no, yo no creo que los dragones debamos raptar a nadie. Porque si yo osara raptarla, al menos 35 guerreros, 28 príncipes, 32 palafreneros y sus mascotas los 25 perros de caza vendrían dispuestos a matarme. Y para este humilde dragón el amor es un gran motivo de vida, no de muerte.
Así que sufrí los arrebatos de un amor tan bobo que me hizo entregarle mi colmillo derecho…

Del libro: Confesiones de Dragones ya Extintos. Motivos, estulticia y anti peripecias. Ant. prol y notas: Segismundo de Tena. Ed. 77 Editores.
Publicar un comentario