2/03/2006

tren

Estaba frente a la oficina de Aerocalifornia, el sol me pegaba fuertísimo a las 5 de la tarde. Mis ojos cansados y la garganta también. Miré hacia adentro y una decena de personas esperaba turno. Me pesaba demasiado el equipaje y, al ver los colores de la línea aérea, volvieron de golpe los hastíos, la desesperación por volver, los gritos y las cintas canela en la boca "por precaución".
Volvió de pronto el grito, los miedo fomentados, el terror a reconocer la verdad, a mirar con estos ojos y no con los otros el entorno, la tierra, el sol.
Pensar en el desierto me dejó vibrando, me trajo a cuenta el dolor, el desgarramiento, el juego de una pasión violenta y absurda. Y de pronto la risa, la gran sonrisa, al notar que todo ese desierto no correspondía en realidad a la ciudad de play móvil de abajo del avión, sino a un adentro compartido, a un invento que suplió al amor.
En cambio, ahora, con la calma y la tranquilidad de un explorador del Ártico me acerco a la frescura del desierto sólo, que no solo, para confirmar.
Y bueno, se viajará por el desierto, esta vez no será mi desierto, sino el real, el de verdad.
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