3/01/2006

la chica que gusta de las historias

Conocí a una chica que le gustan las historias, tal es su pasión que me ha invitado a escribir una juntos.
Yo caminaba en el frío invierno, sintiéndo que la calidez era un sueño nomás y no un posible. Hastío y cansancio eran los adjetivos que dejaba cada uno de mis pies a su paso. De pronto, una letra cayó de repente, un saludo, una risa en letras en una pantallita con nombre de aeda (como el suyo).
Entonces propuse un personaje y ella otro, los adjetivos y sustantivos comenzaron a hacer una carrera loca... pasaron los días, se volvieron semanas, meses y la historia apenas va llegando a su primer nudo, al punto donde continúa o se transforma en una de esas recurrentes historias de fracasos, tan comunes al siglo XX.
De hecho, toda la gente con la que me he ido topando es adicta de una u otra forma a las historias. Sólo que no cualquiera se atreve a permitirse hacer una contigo, quizá un poema breve, quizá borrones de anécdota ebria, quizá tardes de risas y juegos, pero no una historia con la calma pastosa de un escritor comprometido con el lenguaje, uno de esos cada vez más escazos comprometidos con crear mundos y no sólo anécdotas vendibles y recurrentes.
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De pronto llegas a ver a un amigo y resulta que están otros de muy lejos, resulta que uno de ellos fue tu editor en su región cuando hacías esa columna pretensiosa de que saldrán pronto algunos cuentos en tu libro.
De pronto el nervio de dar por primera vez una función en la calle se vuelve adrenalina y reúnes todo para ser el mejor telonero el payaso Trapos, héroe de la función. Entonces sales con la frente arriba, la calidez del rudo público de Ixtapalapa y la promesa de Coyoacán para la próxima.
Je!
Qué belleza se halla en el camino cuando se camina, así que no paremos por ahora...
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