5/15/2008

el amor no conduce a la muerte, sino a la condena eterna

NO sé quièn es al autor de este texto, pero lo hallé como respuesta a un post sobre videojuegos en Yahoo... Es muy buen texto.
Así que a reproducirlo:

Este texto fue escrito hace casi tres años; acababa de leer, excitadísimo, L’Amour et l’Occident, La llama doble, Love: An unromantic discussion, L’Amour fou, Innamoramento e amore, El matrimonio moderno, The love affair as a work of art, Eros, philia & agape... Nunca apareció en ningún lado. Ahora lo releo y me pregunto si aún pienso estas cosas. Ya no me acuerdo.

amor. m. Ninguna de las muchas definiciones de amor que dan los diccionarios ignora que la palabra viene del latín amor, derivada a su vez del verbo amare, que tiene entre sus primos el sustantivo amicitia; algunas sin embargo olvidan decir que la palabra llegó al español hacia 1114 y que en algún momento de su historia se fue al Languedoc, donde los trovadores inventaron la fins amor (ojo: por entonces, como la mayoría de los sustantivos terminados en -or, éste era femenino) o amor cortés, y la cargaron de nuevos significados: rebeldía, arrojo. Tampoco es común encontrar que el latín inventó sustantivo y verbo como una traducción de varias ideas griegas: êros, philia, ágape: la primera está como atravesada de cuerpos desnudos, en la segunda hay amistad también, en la última una suerte de virtud y se parece más a lo que hoy entendemos por caridad: palabras hermanas que el paso de los siglos ha distanciado. Lo podemos reconocer en los otros parientes, todos nacidos de la misma raíz.

Juan, amanuense del Espíritu Santo, en voz de Casiodoro de Reina escribe (1 Corintios 13:4): el amor es sufrido, es benigno; la Vulgata, en cambio, prefiere caridad: Caritas patiens est, benigna est caritas; ésa es también la elección de los sabios del rey James: Charity suffereth long, and is kind; no puede sorprendernos que los protestantes mexicanos tengan en su cabecera la versión de De Reina: Martin Luther también tradujo amor (Liebe), no caridad (Barmherzigkeit): Die Liebe ist langmütig und freundlich.

El amor, entonces, es sufrido y es benigno. Es, según la Academia en 1992, un sentimiento que mueve a desear que la “realidad amada” alcance lo que se juzga su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar como bien propio el hecho de saberlo cumplido; las Autoridades (en 1726) ya habían trazado una definición semejante: Afecto del alma racional, por el qual busca con deseo el bien verdadero, o aprehendido, y apetece gozarle. No está lejos de la simple e inalcanzable bondad. Por eso Luis Antonio de Villena pudo decir que cuando amamos somos capaces de cualquier buena acción.

“El amor, que no tolera que no amemos”, escribió Dante. Y sabía de lo que hablaba: construyó un libro perfecto para poder soñar que no era imposible reencontrar a Beatriz en los cielos concéntricos, una Beatriz que alguna vez le negó el saludo, que alguna vez se mofó de él entre amigas y que se atrevería a abandonarlo en el Paraíso. Dante entendió la preeminencia del amor, que no consideraba sustancia sino accidente: en el círculo de los lujuriosos compadece a los amantes Paolo y Francesca, llevados a la muerte por el amor: amor condusse noi ad una morte.

Ningún ser humano está tan cerca de la muerte como un enamorado: cada separación, cada palabra desdeñosa son desesperación y vértigo. También si el amor es correspondido: el amado, ese dios falible, nos ha elegido a nosotros, increíblemente. Es demasiada la Fortuna: sabemos que no puede durar. Cada día vencemos a las posibilidades, a los presagios funestos –y el enamorado, que es un arrojado, un extremista, tienta al azar, vive de esa descarga nerviosa y pregunta siempre: ¿me amas? “Si algo me sucede –escribió Meleagro–, riega con vino mis cenizas, te lo ruego, y antes de sepultarlas talla en la urna esta inscripción: Regalo del Amor para la Muerte.” Romeo y Juliet deciden que la muerte es la única manera de perpetuar el amor, que nace en contra de todo; Shakespeare, en cuyas obras aparece la palabra love, verbo y sustantivo, 2684 veces, rogaba a su amado que tuviera un hijo: tal vez así podría vencer a la muerte horrible y seguir siendo “del mundo fresco adorno”: the world’s fresh ornament.

Ningún ser humano, es la verdad también, está tan cerca del nacimiento como el enamorado: el mundo, reverdecido por un instante que se eterniza, contiene todas las posibilidades. Las calles parecen recién pintadas: exigimos por eso la detención del Tiempo, a gritos queremos pedirle que deje de cantar su triste canción de despedida. Dante, otra vez, es el ejemplo: antes de conocer a Beatriz poco o nada se podía leer en el libro de su memoria; el día de mayo de 1274 en que la conoció pudo escribir en ese libro: incipit vita nova, aquí empieza una nueva vida.

Amar, dicen los endecasílabos de Piedra de sol, es combatir. Es cierto: los amantes luchan contra los parientes y las estrellas en Shakespeare y contra Dios en Dante. En la vida diaria luchan contra la traición, contra los celos, contra la güeva. El amor tiene todo en contra porque es antisocial. Los amantes olvidan cualquier compromiso: adiós a la familia y al trabajo, porque sólo vale este instante y este instante es una vindicación de la vida y un ansia de muerte y la vida verdadera y la muerte sin fin no tienen lugar en nuestro odioso mundo de eufemismos. Los amantes tienen que desnudarse y enlazarse para devolvernos “nuestra porción de tiempo y paraíso”. Es mejor ser amantes que marido y mujer porque el matrimonio, a veces, es uno de los enemigos que el amor tiene que vencer. Piedra de sol otra vez:

“déjame ser tu ****”, son palabras
de Eloísa, mas él cedió a las leyes,
la tomó por esposa y como premio
lo castraron después.

Hacer el amor: frase dichosa. Sobre esta cama, entre sus sábanas, en este sillón, en este auto, sobre esta mesa, no hay nada: espacio, aire. Hay que recostarse o inclinar el cuello o simplemente estirar la mano y hacer el amor. Para que en este espacio haya una cosa, para que la noche o la mañana o la tarde se cargue de signos y haya, al menos, algo que no es mucho: el amor.

Cosa alada y frágil, el amor siempre está a punto de morir o de emprender el vuelo. A punto siempre de ser antónimo de sí mismo: odio. Catulo escribió: “Odio y amo. Me preguntarán cómo es posible. No lo sé, pero así lo siento, y agonizo.” Y Villaurrutia: amar es una cólera secreta. Para Bono el amor es como una flor que lanza un alarido: love, like a screaming flower; y para Simon Bonney es un ascua que se extingue: love is like a dying ember.

En español, en portugués, en italiano, el amor es una casa: edificio de tiempo que quiere detenerse. De ahí que digamos enamorarse, que incluye la preposición latina in de lugar y de dirección. (Curiosamente no hemos creado una palabra que indique salirse de ese edificio: examorarse.) En francés y en inglés el amor es un abismo, un pozo: de ahí que no se diga ni enamourer ni to enamour, aunque los diccionarios conozcan esos verbos, sino tomber amoureux y to fall in love. Amar también puede ser caer, hundirse. (Dejar de amar es hundirse igualmente: nadie dice to climb out of love sino to fall out of love.)

Por eso, finalmente, ni el pasado ni el futuro: el tiempo del amor es éste. Hoy, ahora o mejor: ahorita. Este instante cuyo tiempo puede ser más breve que el tiempo que toma pronunciar la palabra: instante. Éste es el tiempo del amor: antes que se extinga, antes que se convierta en esperanza o en miedo, que son los dos perfiles del futuro; antes que se convierta en nostalgia o en reproche: tiempo pasado. Es cierto que asistimos siempre al fin del mundo: el instante amoroso, este instante, es nuestro monumento o nuestra única reconciliación posible con todos los mundos que hemos perdido.


Viena, diciembre 2002
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