10/12/2005

Al aire...


Hoy por la mañana Alejandra no estaba de buenas, nada le venía bien. La broma sobre su amiga la pelota no funcionó, tampoco el asunto de detenerla cuando no paraba de dar vueltas sobre su eje mientras sus compañeros trataban de seguir los ensayos de una obra de Mireya Cueto. Me extraño que incluso Vale me hiciera señas de "no la molestes, está insoportable hoy". Terminabamos ya la sesión, cuando hicimos un juego sencillo, una tira de niños se jalan y Ale decidió soltarse. Cayó al suelo, se raspó un poco rodilla y codo, pero fue a golpearse la nariz contra una banca de concreto. No fue un golpe tan fuerte, pero no quiso que yo me acercara, estaba realmetne enojada en contra mía.
A menudo, el interesarse por alguien que no quiere que nadie se interese por él puede sacarle de quicio. Me sentí fatal, es la primera vez que me ocurre ver sangre durante una de mis clases. Afortunadamente, fue "un autocastigo" como lo definió la directora, pero eso no me quita la necesidad de poner mucha más atención a los espacios y a los chicos cuando se hallan indispuestos.
Por otra parte, qué extraño resulta descubrir esa manera absurda que tenemos de hacernos daño pensando que así dañamos a los demás. Soltarse del grupo para golpearse y, por no medir consecuencias, dañarse demasiado.
Me recuerda a un asunto de mi niñez. Mamá y papá insistián: "camina en el rincón de la banqueta, no en el orilla". Terco el berrinchudo, deseaba caminar cerca de donde pasaban los carros. Hasta recibir un golpe de mi papá fue que me quedé caminando en el rincón, tan molesto, tan rebelde y enfadado que, mirando que me acercaba rápidamente a la protección de fierro de una ventana, decidí seguir y seguir. La cabeza se abrió y dejé mucha sangre sobre la banqueta.
Nos pasa a todos.
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